miércoles, 1 de agosto de 2012

TREINTA Y TRES


El doctor Navarro visitó aquella tarde a Rex como hacía casi todos los días, el estado de salud del paciente empeoraba sin que supiera qué hacer para mejorarlo.  Le habían asegurado que a la mañana siguiente le enviarían los resultados de los análisis que tenía pendientes.  Era vital identificar la sustancia que había provocado el envenenamiento para aplicarle el tratamiento adecuado, pero la salud de Rex estaba muy resentida.  Aquella tarde apenas conseguía mantenerse despierto mientras el doctor le hablaba.

-            Escucha Rex, tengo que ir a Oviedo esta noche, pero no te preocupes que si hay algún problema puedo estar aquí en media hora, he dado instrucciones a Vicenta sobre lo que tiene que hacer y me llamará inmediatamente si tú quieres.

            En apenas un suspiro Rex le dio su aprobación.  Apenas podía abrir los ojos tampoco, pero podía identificar perfectamente al doctor a los pies de la cama y a Vicenta en la puerta de entrada a la habitación.

-            No me voy tranquilo, pero es una cita inexcusable.
-            No se preocupe doctor, lo tengo todo controlado, váyase sin miedo, le acompaño a la puerta.

            Bajaron la escalera y Vicenta le acompañó hasta el coche.  A pesar de la incesante lluvia, ella continuó allí mismo de pie y esperó hasta verle desaparecer tapado por los árboles que flanqueaban la carretera que bajaba al pueblo, esperó aún unos segundos para cerciorarse de que no volvía antes de coger su teléfono.

-            Hermana, está todo listo, será esta noche.  Loado.
-            Loado, Hermana.

            Volvió a la casa que se oía más silenciosa que nunca y canturreando una melodía monótona y repetitiva que conocía muy bien se dispuso a planchar su hábito ceremonial.

            En el piso superior, Rex, comenzaba a delirar en la soledad de su cama.

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