martes, 7 de agosto de 2012

TREINTA Y SEIS



Petrificado en su cama, como no podía ser de otra manera, Rex pudo ver como su habitación se llenaba de sombríos monjes negros.  La estancia estaba en penumbra jalonada de pequeñas luces titilantes, un fuerte olor a humo de incienso le despertaba la consciencia y agudizaba su oído pero no conseguía aclarar su vista que se mantenía borrosa.  Aun así, podía distinguir seis siluetas macabras que se agrupaban frente a él a los pies de la cama, el monje más grande, el que había entrado primero y le había hablado, se mantenía erguido mirándole fijamente a los ojos.  Un salmo profundo procedente de sus gargantas inundaba la habitación lentamente y se aferró a las entrañas de Rex que se sintió cómo un sudor frio recorría su frente.  Estaba seguro, ahora iba a morir.  De una forma irracional, sorpresiva, no entendía qué era todo aquello que apenas le mostraban sus ojos, quizá estaba delirando y todo era fruto de su imaginación, pero sentía la muerte cerca como nunca antes, la venganza dejaba de tener sentido, debía enfrentarse al terror, debía pagar por sus pecados, era la hora de rendir cuentas.

            El único coche patrulla disponible del municipio rompía la noche y la lluvia con sus faros por la tortuosa vereda que comunicaba la AS-213 con la casa de Rex seguido de cerca por el Renault 5 del inspector Miravalles y el del doctor Navarro cerrando la carrera.  Con aquella noche de perros no podían circular a la velocidad que hubiera querido el inspector dada la urgencia del caso pero no había opción, la policía local conocía aquellas carreteras perfectamente y conocía sus límites.  La parada del primer coche coincidió con la caída cercana de un rayo que iluminó la casa de Rex como una aparición fantasmagórica.  Los tres coches pararon en paralelo cerca de la entrada, justo detrás del vehículo de Vicenta Alabaina y al lado de otro que el doctor Navarro conocía muy bien, el de Evencia.

            Los dos policías locales abrieron las puertas al unísono y alcanzaron al inspector que había alcanzado la puerta de entrada con una rapidez impropia de su volumen.  No obstante tenían que esperar al doctor que era el que tenía llaves, no podían entrar en tropel sin riesgo de alertar a cualquiera que estuviera dentro de la casa.

            El doctor abrió con sigilo la pesada puerta y fue el primero en oír los salmos que llenaban la casa, señaló hacia arriba de las escaleras, por supuesto él se quedó en la entrada, prefería morir de frio o fulminado por un rayo antes que traspasar aquella entrada.  Con las pistolas desenfundadas y acompañados de todo el silencio que podían llevar tres personas empapadas subiendo unas escaleras de madera, Miravalles encabezaba el grupo de rescate, iba prevenido contra cualquier ataque, pero no estaba preparado para la escena que presenció cuando su cabeza rebasó el último escalón.  En una habitación en penumbra, apenas iluminada con cientos de velas y cirios negros, dos mujeres enfundadas en hábitos negros sujetaban a una tercera que yacía desnuda en una mesa mientras otra persona con hábito, de espaldas al inspector, la penetraba con un enorme falo de madera.  Apenas unos segundos tardó el inspector en percatarse de que otras dos mujeres blandían sendos cuchillos sobre el hombre que estaba en la cama viendo toda la escena.  Un segundo después disparó su arma contra una de ellas que cayendo derribó varios cirios sobre las cortinas y comenzaron a arder.  Todo se precipitó entonces.  Vicenta se giró y lanzó el falo contra el inspector, que hizo un nuevo disparo esta vez hacia el techo, justo antes de que la Gran Hermana cerrara la puerta de la habitación con un fuerte golpe.  El policía que venía detrás disparó también pero solo pudo impactar contra la puerta ya cerrada.  Dentro el incendio se propagaba por las ropas y las cortinas creando un espectáculo dantesco.  En unos instantes Rex se vio envuelto en llamas y supo que estaba en el Infierno, esta vez no habría luces placenteras ni vendrían a verle sus parientes, su cuerpo inerte estaba ardiendo y él lo estaba viendo con horror, la muerte le estaba devorando y los gritos de dolor de las Hermanas del Halo de Belcebú se lo anunciaban, esta vez si iba a morir.


            Sin perder un instante, Miravalles agarró el pomo de la puerta para volver a abrirla, pero ya estaba casi incandescente, la pira estaba devorando todo.  El policía local derribó la puerta de una certera patada y esta, al caer, lanzó una llamarada hacia afuera despidiéndoles a los tres escaleras abajo con la tremenda ola expansiva.

            La vieja casona de madera se quejó mientras iluminaba el bosque.  Afuera, bajo la lluvia, el doctor Navarro pudo contemplar con espanto como a duras penas huían impotentes los policías del incendio.

-            ¡Dios mío! ¿Esa es la casa de Restituto?

            El doctor estuvo a punto de soltar un grito cuando descubrió a aquel tipo con camiseta negra y lleno de tatuajes que inesperadamente había aparecido a su lado.
-            ¡Casi me mata del susto! ¿De dónde has salido?
-            Dime, es la casa de Restituto.
-            Si, ¿tú quién eres?
-            ¿Está él dentro?
-            Creo que sí.
-            ¡Que se joda! – Tatú se dio la vuelta sin decir más, montó en su coche y se marchó de allí.
-            Si, que se joda – pensó el doctor.


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