jueves, 2 de agosto de 2012

TREINTA Y CUATRO

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El coche del inspector Miravalles no era precisamente un último modelo, ni siquiera en sus tiempos, hace veinte años, era un coche de bandera, pero él no entendía nada de coches y no era de los que se sentían más admirados socialmente por tener un cochazo, además había acabado teniéndole cariño al “cacharro” después de tantos años y estaba asfixiado por la hipoteca así es que no estaba dispuesto a hacer dispendios comprándose uno nuevo, eso sí, era consciente de que subir el puerto de Guadarrama le iba a costar más de la cuenta, pero pasar la Sierra por el túnel también costaba un dinero y si había algún sitio de dónde ahorrar el inspector lo ahorraba.

            Ya antes de comenzar a subir el puerto el paisaje era espectacular pero él estaba dándole vueltas a aquella extraña coincidencia del destino en que dos de sus casos se mezclaban sin aparente conexión entre ellos.  ¿Un caso de acoso y un caso de sectas conectados?  Se le había venido a la cabeza relacionar la secta con el aparente caso de posesión diabólica de la noche anterior, pero más que una conexión real parecía una asociación de ideas.  Le habían dejado claro que la chica no estaba fingiendo una posesión, que era una enfermedad real y además aquella individua no tenía el perfil de alguien que se apunta a una secta, ni siquiera a una religión de las digamos legales, así que no parecía que hubiera relación alguna con una secta.

            El tono de llamada de su móvil le trajo de nuevo a la carretera, por supuesto no tenía manos libres, así es que conscientemente soltó su mano derecha del volante y descolgó el teléfono.

-            Dime Ana.
-            Tengo al habla al comisario Álvarez de Cangas de Narcea.
-            Bien, gracias, pásamelo.
-            ¿Inspector?
-            Comisario, estoy yendo ahora mismo hacia Oviedo.
-            Vaya, no se le escucha bien.
-            Si, estoy pasando por la Sierra de Madrid y hay muchas zonas dónde hay mala cobertura, espero que no se corte.
-            Si, dígame.
-            Supongo que le habrán puesto al día del caso, me gustaría que me acompañara a visitar a Restituto Martín.
-            Si, si, ya estoy al tanto.
-            Tengo entendido que él está impedido.
-            Si, así es.
-            ¿Quién le cuida?
-            ¿Perdone? Se corta.
-            Digo ¿Qué quién está con él cuidándole?
-            Si, tiene contratada una empresa de … de Valencia.
-            ¿Perdón?
-            Una empresa de cuidadores de Valencia.  HHB creo que se llama.
-            ¡Joder! ¿HHB, ha dicho?
-            Se corta, no le entiendo nada, lo siento.
-            ¿Comisario? – Un fuerte siseo le indicó al inspector que la llamada se había cortado.
-            ¡Mierda! ¡Ahí está la conexión! ¡Joder, joder
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            El inspector pisó a tope el acelerador para salir de la zona de sombra de la cobertura de su móvil, pero estaba subiendo la última pendiente antes de coronar el Puerto de los Leones y su Renault 5 no daba para más.

-            HHB, Hermanas del Halo de Belcebú – pensó en voz alta mientras esperaba de nuevo la llamada.

            La secta satánica valenciana que había estado controlando desde hacía varios años en colaboración con su amigo César, una secta dormida, silenciosa, normalmente se dedicaban a celebrar misas negras y a captar a alguna incauta, siempre mujeres, siempre rozando la ilegalidad pero sin llegar a cometer ningún delito, alguna orgia o algún rito extraño, pero siempre de participación voluntaria.  No habían pasado de ahí, pero César y su equipo habían detectado una actividad inusual en el último año, estaban preparando algo feo, y ahora se iban todas de excursión a casa de Restituto ¿Qué se les había ocurrido hacer a aquellas fanáticas con el tetrapléjico aquel? – Nada bueno, de eso estaba seguro.

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