lunes, 6 de agosto de 2012

TREINTA Y CINCO


Vicenta Alabaina, abrió la puerta de la casa de Rex ataviada con el hábito negro y el medallón de oro que la identificaban como la Gran Hermana de las Hermanas del Halo de Belcebú, la gran Orden satánica a la que tantos años y tantos esfuerzos le había dedicado.  Sus cinco discípulas más aventajadas hicieron una reverencia bajo la lluvia y, en silencio, pasaron dentro.  Aún tenían que vestirse para el ritual con los accesorios que Evencia llevaba en una gran bolsa.  Ella aún no era capaz de levantar la vista en presencia de la Gran Hermana.  Se sentía avergonzada por haber estado a punto de echar a perder la ceremonia.  Después de todo un año de preparativos, con la conjunción de los planetas en su punto más álgido y con lo difícil que había sido encontrar una víctima tan propicia como aquel malnacido, ella había fallado y ahora estaba dispuesta a todo para expiar su culpa con las Hermanas.

            Sin intercambiar una palabra Vicenta las acompañó a su habitación y las cinco mujeres se dispusieron a enfundarse el hábito negro y se a colgarse del cuello el pentáculo plateado, mientras, Vicenta,  subió a la habitación de Rex, comenzó encendiendo las velas y preparando el altar a los pies de la cama del condenado quién a duras penas conseguía distinguir el resplandor de los cirios que lucían a su alrededor.  En un estado de semiinconsciencia Rex entreabría los ojos para asomarse a un reducido universo de luces y sombras, un universo de miedo y alucinaciones.  El monje medieval de sus pesadillas había vuelto y le miraba fijamente con ojos de fuego.

-            Jal, llama al doctor – en apenas un susurro desesperado Rex pedía ayuda, sin éxito, al ordenador.
-            El doctor ya no puede hacer nada por ti, ahora quedarás en manos del Maestro. – Le anunció la Gran Hermana mientras colocaba los cuchillos ceremoniales sobre el improvisado altar con una parsimonia estudiada.
-            Él te está esperando desde hace mucho tiempo.

            El terror se apoderó de Rex que hasta ese momento no era capaz de distinguir entre la realidad y las alucinaciones narcóticas.  En ese momento más que nunca deseó poder levantarse de aquella prisión y huir.
           

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