martes, 17 de julio de 2012

VEINTISIETE


Rex estaba inquieto esa tarde, llevaba varios días de sobresaltos en temas que habían escapado a su control y eso no le gustaba, la huida de Evencia, las visiones de aquel monje y la nueva asistenta, muchas novedades para un tipo al que le gustaba tenerlo todo controlado, además se encontraba mal.  Aun así, una cierta excitación le mantenía expectante desde hacía ya demasiadas horas, no había tenido noticias de Admika desde hacía mucho tiempo y se suponía que había ido ya a visitar a su ex.  Tenía ganas de saber si se había desmayado de miedo, si había gritado, que Admika le contara todos los detalles, pero hacía ya demasiadas horas que no se conectaba.  ¿No se habría atrevido a hacerlo?  No, Rex no lo creía.  Aquella pringada estaba deseando que alguien la empujara a hacer algo excitante en su vida, seguramente era una zarrapastrosa sin más interés en su día a día que dónde pillar la próxima dosis y él la había proporcionado una meta, llevar a cabo una pequeña venganza para un pobre impedido.  Lo que ella no sabía es que el plan de Rex era que la cosa no se quedara ahí, lo que Rex quería es que aquello se convirtiera en una cruzada, en un acoso en toda regla, machacar y machacar hasta que Lourdes se volviera loca del todo, aquella zorra maldita se merecía lo peor.  Volvió a recordar su cara de horror cuando descubrió que él era el conductor del coche que la iba a aplastar, revivió aquel brevísimo momento en que sus miradas se cruzaron antes del choque, antes de que todo se apagara durante mucho tiempo hasta que despertó pegado a una cama ya para siempre.  El odio le calentó las venas una vez más, aquel sentimiento que le mantenía vivo día tras día, la única emoción por la que tenía algún interés seguir allí postrado.


En la planta de abajo Vicenta Alabaina cogió su teléfono móvil y seleccionó el primer número que figuraba en su agenda.

-            Evencia estoy dentro. ¿Estás preparada?
-            Hermana, no se preocupe por mí, yo estoy bien escondida y cerca, no tardaré más de media hora desde que usted me llame.  Estoy preparada.
-            No me falles esta vez, Evencia.
-            No lo haré Hermana.
-            Ahora te voy a dejar, no te llamaré más en un par de días, el resto de las Hermanas llegarán el viernes.
-            Estaré dispuesta.
-            Loado Evencia.
-            Loado Hermana.

No tenía mucha confianza en aquella analfabeta, pero quizá su ignorancia era su mejor virtud, lo que la hacía más manejable y más servil.  Quién mejor para un sacrificio.

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