miércoles, 18 de julio de 2012

VEINTIOCHO


El inspector Miravalles era un tipo desconfiado.  A menudo se encontraba con pruebas evidentes de algún hecho pero siempre acababa preguntándose si estaría dejando atrás algo que refutara dichas pruebas.  Siempre preguntándose por qué, cómo, dónde y hasta ahora no le había ido mal, en más de una ocasión había conseguido dar un giro a sus casos a fuerza de dudar de todo y de todos.

Quizá aquel no era un caso de esos, se encontraba ante una delincuente que había cometido un delito bajo una crisis epiléptica o algo similar y las crisis no se pueden fingir, pero ¿hasta qué punto deja uno de ser dueño de sus actos cuando está en plena crisis? ¿realmente no se puede fingir un ataque epiléptico?.  Estaba preparándose para entrevistarse con el doctor que llevaba el caso de la noche anterior cuando este entró en su despacho.

-            Buenos días doctor, no le robaré mucho tiempo.
-            Buenos días.
-            Siéntese.

El doctor tenía realmente muchas cosas que hacer y no tenía intención de perder mucho tiempo en aquella entrevista, pero si quería comentarle al inspector un par de ideas que rondaban por su cabeza.  Sin pérdida de tiempo, sin pregunta previa le expuso sus temores.

-            Verá inspector.  Desde ya le dejo clara una cosa, sí habrá alguien que pueda fingir una crisis, pero no es este el caso.  Esta chica está realmente afectada.  Otra cosa es el origen de estas crisis, en las pruebas preliminares no hemos detectado nada, ni tumores cerebrales ni ninguna de las causas habituales de la epilepsia.  Sin embargo por mi experiencia previa podemos estar ante un caso muy poco habitual.  Del 2007 al 2010 trabajé en Barcelona con el doctor Dalmau, casi coincidiendo con mi llegada nos llegó el caso de una chica de quince años con síntomas muy parecidos a los de nuestra paciente de hoy, pero aquel caso se volvió realmente espeluznante, ante nuestro desconcierto se presentaba, para que usted lo entienda, toda una endemoniada, los rasgos, gestos y convulsiones típicos de todos aquellos casos de gente poseída que hemos visto mil veces en las películas.  Le aseguro que en la Edad Media hubieran quemado a aquella chica en la hoguera.  Nos costó un par de años de investigación y cooperación internacional para dar un diagnóstico certero y, por suerte, encontrar un remedio para aquella locura.  Sospecho que podemos estar ante un caso similar aunque es realmente poco probable estadísticamente hablando que se den dos casos similares en tan poco espacio de tiempo y en el mismo país, pero créame cuando le digo que algo excepcional no quiere decir que sea imposible.
-            Me deja usted absorto.  ¿Descartamos entonces un fraude sin duda?
-            Sin duda, aún tardaremos un par de semanas en tener los resultados de la punción lumbar que le hemos practicado, pero estoy casi seguro de que cuando nos lleguen noticias del laboratorio de Pensilvania encontraremos unos anticuerpos bastante familiares para mi.
-            ¿Le importa que le pregunte algo ajeno al caso?
-            Aún tengo cinco minutos para usted.
-            ¿Cree usted entonces que ha encontrado una explicación científica que evitaría los exorcismos?  Yo soy un apasionado de estos temas y coincide que tengo entre manos un caso relacionado con sectas satánicas, gente que se cree poseída y temas por el estilo.  Iré más lejos ¿Demostrará su teoría que el demonio no existe?.

Una leve sonrisa se dibujó en la cara del doctor.

-            Eso es ir muy lejos.  Si estoy casi seguro de que muchos casos de endemoniados casan perfectamente con esta enfermedad y que mucha gente habrá acabado en manicomios encerrados toda su vida, pero los temas de la existencia o no del demonio se las dejo a los expertos en la materia.  Nosotros nos ocupamos del cuerpo, el alma está fuera de mi jurisdicción.

El sonido del “busca” del doctor cortó la conversación.

-            Lo siento mucho inspector pero tengo que dejarle.  Me reclaman.
-            Por supuesto doctor, muchas gracias.   Me ha sido muy útil.
No había podido hacerle todas las preguntas que hubiera querido, pero estaba claro que la detenida no había fingido.  Quizá no había sacado mucho en claro para ese caso,  pero era una coincidencia curiosa como se había mezclado con su investigación estrella de los últimos años, la que más tiempo le había robado últimamente, las actividades de las sectas satánicas valencianas.  Aparcó la idea un momento, tenía que llamar al despacho para pedir que localizaran a Restituto Martín, un tetrapléjico tenía que ser fácilmente localizable por su dependencia de otras personas.  Ese era el siguiente paso.

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