martes, 24 de julio de 2012

TREINTA


Exceptuando cuando estaba borracho o drogado y perdía los papeles, Tatú era un tipo discreto y mucho más cuando “la poli” andaba merodeando.  Por suerte no había llegado a coincidir con ninguno mientras se acercaba a charlar con su amiga Admika, siempre había alguien por su habitación, pero solían ser enfermeras y con eso no tenía ningún problema.  Había pasado casi toda la noche con ella pero, al estar sedada, no habían podido charlar ni un minuto y cuando volvió de desayunar ella estaba “ocupada” con aquel policía gordo, así que decidió retirarse discretamente hasta que la dejaran sola.  Le daban mal rollo los hospitales pero no tenía más opción que vagabundear un rato por allí, así es que estuvo fisgando en las habitaciones de la planta mientras esperaba su turno.  Cuando ya se había recorrido toda la planta varias veces y había hecho un ranking de los más chungos de la planta, pasó una vez más por la puerta de la habitación de su amiga y se decidió a pasar con la mayor de las cautelas.

-            ¿Tía, estás despierta? – preguntó en voz baja
-            Si, anda pasa cabronazo.  Te dije que no me siguieras y no me hiciste ni puto caso.
-            Esa suerte que has tenido porque si no llego a tiempo te habrías cargado a la tía esa.  ¿Qué te había hecho?. – Tatú no dejaba de mirar las correas que la ataban a la cama.
-            Es una historia muy larga, ya te la contaré cuando tengamos un rato.  Escucha, tengo que encargarte algo.
-            ¿Por qué estás atada a la cama?
-            Por los ataques, pero escúchame.
-            Dime.
-            Verás, te voy a dar mis contraseñas del Facebook para que le mandes un mensaje al Restituto ese, ¡ni se te ocurra hacer nada más que lo que te digo! ¡y nada de leer mis mensajes privados o te corto las pelotas!
-            No sé cómo me las vas a cortar atada a la cama.
-            Por favor, sólo puedo confiar en ti.
-            Venga no te preocupes, dime lo que quieres que le diga.
-            Sólo dos cosas: necesito que le digas que ya hice su recado, no le des detalles y por supuesto no le digas que estoy detenida o en el hospital.
-            Estás gilipollas.
-            Lo sé.  Lo siguiente que quiero es que le sonsaques dónde vive, sé que vive en un pueblo del norte por algún comentario que me ha hecho, pero necesito saber el nombre del pueblo.  Cuando salga de aquí pienso ir a joderle todo lo que pueda.
-            Vale, no te preocupes.  Dime las contraseñas porque el gordo tiene que estar a punto de volver y no quiero que me vea aquí.

Efectivamente, apenas cinco minutos después de que Tatú abandonara la habitación, el inspector Miravalles volvió a entrar, aunque no dio más de dos pasos más allá de la puerta ya que lo que vio le dejó helado por un momento.  Admika, con el cuerpo totalmente arqueado sobre la cama, tan sólo apoyada a la misma con los tobillos y las muñecas que permanecían atadas, casi levitando, giraba bruscamente la cabeza de un lado a otro mientras parecía hablar en un idioma maldito por la mismísima boca del diablo. 

-            Por más que uno lleve años en el Cuerpo y por más situaciones extremas a las que me haya enfrentado, nunca está uno preparado para ciertas cosas. – Pensó el inspector mientras se tomaba su octavo café después de que sonara la alarma y un tropel de enfermeras entrara en la habitación arrollándole porque él era incapaz de apartarse de la entrada.

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