lunes, 30 de julio de 2012

TREINTA Y DOS


-            Miravalles.
-            Dime César.
-            Tenemos algo más de “Las brujas”.
-            Dime.
-            Tenemos una reserva de dos habitaciones pagado con la tarjeta que tenemos controlada en Cangas de Narcea, Asturias.
-            ¿Ellas han llegado ya?
-            Espera un momento.  Son las dos y cuarto, su tren llega a las quince cincuenta y uno a Oviedo.
-            ¿Entonces habrá sido la Madame la que ha hecho la reserva?
-            Es lo más probable.
-            Movilízame a la gente de allí, que no se os despisten esta vez, yo me cojo el coche esta misma tarde y me planto allí esta noche.  Tengo aquí un tema pendiente pero lo he dejado atado, literalmente.
-            Venga, yo salgo ahora mismo para allá, creo que esta vez se han preparado una fiestecita fuera de casa y no se nos pueden escapar, ¿hablas tú con la Local?
-            Sí, no te preocupes.  Nos vemos allí.

El inspector estaba contento, aquel era un caso delicado en el que llevaban ya demasiado tiempo trabajando, mucha labor de vigilancia y mucha documentación, pero el hecho de reunirse no era un delito, ni siquiera para hacer misas negras, aquel era un grupo latente, expectante, sabían que estaban preparando algo, pero si no las detenían en plena faena no tenían nada que hacer.  Confiaba en que no se hubieran desplazado tan lejos para hacer un aquelarre de pacotilla, Miravalles quería un delito en toda regla para desmantelar a aquellas piradas.  De nuevo sonó el teléfono.

-            Inspector – Miravalles reconoció de inmediato la agradable voz de la subinspectora.
-            Dime Ana.
-            Tenemos la dirección de Restituto Martín.
-            Bien, dime.
-            Vive en Limés, Asturias, una aldea cerca de Cangas de Narcea.

       Un silencio recorrió la línea telefónica.

-            ¿Inspector? ¿Ocurre algo?
-            No, no, nada, una coincidencia.

       Pero el inspector Miravalles no creía en las coincidencias.

-            Hazme un favor, ponte en contacto con la policía local, diles que voy para allá y que llegaré a primera hora de la noche, dale mi número y que, por favor, me llamen en cuanto puedan para que les ponga al día del caso.
-            Ok, no te preocupes.  Ahora mismo les llamo.
-            Gracias Ana.

            Recogió sus llaves y se fue a recoger el coche, ya llamaría luego a su mujer para decirle que no iba a dormir en casa esa noche.  No sería una novedad.

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