viernes, 22 de junio de 2012

VEINTIDOS


Aquella tampoco fue una noche tranquila para el doctor Navarro, se había acomodado en un sillón del salón de la planta baja una vez que dejó a Rex dormido.  No había podido localizar a su colega para informarle de su descubrimiento.  Ya había dado parte a la policía de lo que había descubierto, pero no lo habían considerado una urgencia, el presunto envenenado estaba al cuidado de un médico, la presunta culpable había huido de la escena del delito y ya habían dado parte para su búsqueda, se limitaron a indicarle que no tocara nada y que se pasarían al día siguiente para la inspección y toma de declaraciones.  La vida en los pueblos es diferente.  La sustituta de Evencia vendría al día siguiente, eso esperaba al menos.  Tenía otros pacientes y no podía quedarse allí todo un día cuidando de aquel desagradecido, pero estaba claro que le tocaba pasar la noche en la casa.  No quiso acostarse en la cama de Evencia, ni siquiera había llegado a planteárselo seriamente, ni siquiera se había acercado a la habitación, para no borrar pruebas o para no envenenarse por accidente, un punzante sentimiento de repulsa le impedía hacerlo, así que decidió dormir en el sillón del salón.

La casa siempre le había parecido acogedora, una casa típica de pueblo del norte de España, mucha madera, mucha piedra y, en aquella en particular  mucha limpieza, siempre la habría calificado como una casa acogedora, pero aquella noche se le antojaba distinta, oscura, fría, testigo de un inexplicable intento de asesinato.  La acogedora madera del suelo comenzó a emitir sus lamentos nocturnos, sus crujidos de tablones viejos, cada uno de ellos imitaba la pisada de un pie invisible y hacía que el doctor volviera la vista hacia ellos inconscientemente, esperando encontrar un monje envenenador.  Estaba medio dormido y medio despierto, en estado de alerta, con los cinco sentidos pendientes de cualquier señal de alerta.  Un estremecimiento le animó a llevarse la manta con la que se tapaba las piernas hasta debajo de la nariz, para  abrigarse un poco, para protegerse.

La noche agonizaba cuando una ráfaga de viento comenzó a mover los árboles que decoraban las ventanas del salón, parecía que una tormenta estaba a punto de romper la noche.  Unas gruesas gotas de lluvia golpearon la ventana rítmicamente al principio y alocadamente poco después.  El primer relámpago de la tormenta descubrió las sombras de la noche e hizo cerrar los ojos al doctor en un rápido pestañeo, no sin antes dejar en su imaginación la visión de cientos de monstruos acechando en la arboleda.  Superando su miedo infantil a las tormentas, el doctor Navarro abrió los ojos para convencerse de que eran imaginaciones suyas y de que los monstruos no existen, no han existido nunca.  Lo mismo que le repetía su madre todas las noches cuando se despertaba llorando.  Pero ahora ya era un adulto, ya no podía tener miedo a la oscuridad ni a las tormentas, abrió aún más los ojos.  No podía tener miedo a los monstruos.  - Los monstruos no existen.  Los monstruos no existen – Se repetía a sí mismo.  Un segundo relámpago estalló en la penumbra y en la mente del doctor.  La silueta de un oscuro monje medieval le observaba inmóvil desde la ventana.  - Los monstruos si existen y esta noche han venido a por ti -  La certeza del miedo le hizo taparse completamente con la manta que amortiguó el sonido del timbre de la puerta de entrada.

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