jueves, 14 de junio de 2012

VEINTE


A pesar del ataque del día anterior, Admika se encontraba bien aquella tarde, al menos lo suficientemente bien como para ir a repartir unas cuantas pizzas aquella noche.  Necesitaba dinero y no podía estar más tiempo sin trabajar.  Así que despidió a Tatú dándole las gracias a su manera mientras buscaba algo para abrigarse un poco antes de salir a la calle.

-            No quiero dejarte sola esta noche.
-            Pues los dos en la moto no cabemos, así que vete a tu casa que tengo que currar, no te preocupes que ya estoy bien.
-            No tienes cara de estarlo. – Tatú, observaba el evidente mal aspecto de Admika, aunque no estaba seguro de que se debiera a una enfermedad o a lo poco que comía últimamente.
-            Eso es problema mío. – Recogió su cazadora y empujó a Tatú fuera antes de salir ella y cerrar la puerta.  Antes de coger la escalera de bajada le mostró el dedo corazón a la puerta de enfrente, su saludo habitual para la vecina que se pasaba el día vigilándola por la mirilla. - ¡Me voy, bruja! Vete a descansar.

A pesar de las protestas, Tatú no tuvo más remedio que dejarla ir, cuando a ella se le metía algo en la cabeza era imposible convencerla de lo contrario.  Por primera vez en su vida, Tatú sintió que tenía un deber que cumplir, tenía que seguir a su amiga sin que ella se diera cuenta, por si le pasaba algo.  Se había otorgado a sí mismo el título de “adulto responsable de Admika”, aunque sabía que tenía que ser extremadamente cauto para que ella no le descubriera, estaba en juego su amistad y aquel extraño rollo sexual que mantenían entre ellos.

Admika enfiló calle abajo con un acelerón de su scooter rumbo a la pizzería.

Tatú no había llegado a tiempo hasta su destartalado Renault 5 como para no perder de vista a su amiga, pero sabía perfectamente hacia dónde se dirigía ella, así que recorrió el barrio a la luz de las farolas bordeando el parque dónde tantas veces había hecho botellón.

Por suerte llegó justo a tiempo de ver cómo Admika salía del local con un par de cajas humeantes y las introducía en el cajetín de su moto para entregar el primer pedido de la jornada.  Sin parar el coche y no sin cierta dificultad, la siguió sin perderla de vista.

Admika se conocía bien el barrio, era su barrio de toda la vida, allí era dónde había vivido de pequeña y dónde se había corrido sus primeras juergas, así que no le resultaba difícil encontrar las direcciones lo que redundaba en que fuera la repartidora más rápida de la pizzería mes tras mes.  En poco más de cinco minutos entregó y cobró las pizzas y se paró un momento junto a la moto para consultar los mensajes de su móvil.  Con sorpresa comprobó que esa noche el Facebook si funcionaba y que tenía un intrigante mensaje de Rex.

-       No me queda tiempo, creo que mi ex me está envenenando, se llama Lourdes Martín y vivía en Arroyo de las Pilillas, 34.  Ve a buscarla y si la encuentras solo dile “he vuelto, gatita”.  Ella sabrá de quién es el recado.

Sonaba divertido, pero tenía que entregar unos cuantos pedidos más antes de hacer ningún recado para que la noche fuera rentable.  Eso le daría tiempo para pensar si lo hacía o no, y si llegaba a hacerlo era mucho mejor despertarla de madrugada y darle el recado recién levantada, mucho más efectivo, mucho más impactante sin duda.  Menuda arpía tiene que ser – pensó – Primero le atropella, le deja paralítico y ahora le quiere rematar.  Quizá se merece algo más que un susto

Admika no se quitó el tema de la cabeza durante toda la noche, calle arriba y calle abajo hasta la una y media de la madrugada, la hora en que el número de pedidos bajaba notablemente y se espaciaban cada vez más.  Ya había hecho diez entregas y reunido unas cuantas propinas así que ya era hora de dejarlo.  Además Tatú tenía razón, no se encontraba del todo bien, decidió hacer su recado particular y volver a casa a descansar.  La idea de darle un susto a la bruja aquella la estaba animando bastante, sentía el subidón clásico de cuando se hace algo prohibido, algo ilegal, pero justo.  Aquella tipa se merecía un susto y algo más.  Cuando terminara con ella Rex debería llamar a la policía para que la enchironaran.

Tomó la avenida de Moratalaz en dirección al Arroyo de las Pilillas, por suerte no se había puesto casco y el frescor de la noche y la velocidad aliviaban el extraño dolor de cabeza que parecía estar volviendo.  A pesar de la brisa, Admika rompió a sudar.

-            Arroyo de las Pilillas, 34, Arroyo de las Pilillas, 34, Arroyo de las Pilillas, 34

Admika repetía la dirección automáticamente porque tenía la impresión de que la iba a olvidar de un momento a otro, no estaba pensando con claridad.  Por suerte, aquella dirección le era conocida, tenía varios colegas que vivían en el portal de al lado.  Paró la motocicleta y casi la dejó caer al suelo antes de dar el primer paso tembloroso hacia el portal.

Primer acierto, la puerta estaba abierta, solo le faltaba encontrar el piso, sería fácil por los buzones.  Intentó recordar el nombre, pero no pudo.  Tenía la misma sensación extraña que la tarde en la que sufrió el ataque, los pensamientos no fluían con facilidad.  Cogió de nuevo su móvil y allí estaba el nombre.  Si, allí estaba, pero no podía leerlo con facilidad, las palabras se habían apropiado de una sombra inverosímil y tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para leer el nombre de pila – Lourdes -.  Se dirigió hacia los buzones que la miraban con la boca abierta y fue repasando las etiquetas blancas recorriendo las líneas con el dedo para no saltarse de una a otra.  Leía tan solo el nombre de pila para ir más rápido, pero aún así tardaba casi un minuto por buzón.

-            Manolo, Julia
-            Ezequiel, Marta
-            Zambombo, Marea
-            Adksjlos, Jklooo

No podía, “aquello” estaba volviendo.  La escasa luz del portal se apagó pasados unos minutos programados de antemano.  Decidió leer sólo la primera letra de cada nombre, subiría a ver al primero que comenzara con L, eso si podía verlo bien.  O eso creía.  Es igual, subiría a dar su recado y se marcharía, seguro que Rex estaría orgulloso de ella.  Las piernas le temblaban y estaba sudando abundantemente.

Entorno los ojos para intentar seguir leyendo.  Aquello era una L, estaba segura, o casi segura.  Por suerte el número del piso era grande y dorado, incluso podía reconocerlo solo pasándole las yemas de los dedos: 1C

Se giró hacia la izquierda y se dispuso a acometer la escalera que se adentraba en la oscuridad a los pocos metros de comenzar a subir.  - Solo un piso, ¡vamos Belén! –

Envuelta en un mar de sudor y haciendo un tremendo esfuerzo, Admika consiguió llegar al primer piso antes de que su brazo izquierdo empezara a vivir por cuenta propia.  No había tiempo para buscar la puerta correcta, tenía que llamar, dar su recado y marcharse a casa, tenía miedo, las tres puertas que tenía enfrente se movían en círculos a su alrededor y no había tiempo, así que alargó su dedo y pulsó el timbre que pasaba en ese momento por su derecha.

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