viernes, 1 de junio de 2012

DIECIOCHO


Rex oyó como una puerta se cerraba con un portazo en la planta baja, era sin duda la puerta de la calle.  El silencio que invadió la casa a continuación le indicó claramente que se había quedado solo.  Había estado oyendo llorar a Evencia durante al menos media hora.  No había contestado a sus gritos y no le había subido el caldito de todos los días.  Algo excepcional había pasado, Evencia no le había dejado solo nunca y cuando tenía que salir a hacer la compra o a alguna gestión siempre se encargaba de dejarle a alguien a quién insultar.  Su preferida era la hija de la farmacéutica, era joven, guapa y apenas tenía que llamarla gilipollas o inútil y se ponía a llorar como una Magdalena, Rex disfrutaba con esto, pero solo había venido un par de veces.  Después solo vino el doctor o una especie de obrero rumano que no podía o no quería entenderle, el caso es que ignoraba a Rex sin mover un músculo de la cara, gritara lo que le gritara este.

            Por eso resultaba tan extraño el comportamiento de Evencia, marcharse así, sin decirle nada, sin dejarle compañía y sin subirle el caldo a esas horas de la noche era una irresponsabilidad.  En cuanto la volviera a ver la despediría, pensó.  No podía hablar tampoco con Admika porque aparecía como desconectada en su Facebook, así es que el ruido del ventilador del ordenador era el único sonido que rompía el silencio de la casa.  Un extraño sabor metálico invadió su boca y una vez más se empezó a sentir mal.  El saber que estaba solo le encendió todas las alarmas.  Recorrió con la vista su habitación como había hecho mil veces, pero esta vez en un vano intento de buscar ayuda.  Desde que le instalaron el ordenador había sido mucho menos maniático con el orden milimétrico de todos los objetos que poblaban su cuarto y de hecho hacía días que no se paraba ni siquiera a pasar revista a los adornos, una actividad que le mantenía entretenido un buen rato, pero hoy había algo más, algo nuevo, algo extraño.  Rex no había visto quién había colocado varias velas negras en la estantería más alta, pero allí estaban.  También había otra cosa detrás de la cámara anexa al ordenador, era algo delgado, como una figura, pero no podía verla con claridad porque algunos cables la ocultaban parcialmente.  Quizá un crucifijo, pero parecía estar colgado boca abajo.  Evencia se iba a enterar, ¿qué hacían esas mierdas santeras en su cuarto? ¿Por qué estaba todo desordenado? Incluso había algunos libros tumbados y… allí había un tomo que no era suyo, un tomo viejo, tumbado en la estantería dónde estaban las velas negras, ¡mierda!, eso parecía un libro de esos esotéricos, tenía una estrella de cinco puntas en el lomo en relieve…  La puerta de entrada se abrió y cortó de raíz los pensamientos de Rex.

-                 ¡Evencia, cabrona, sube inmediatamente!

La respuesta fue un silencio y unos pasos acolchados que comenzaban a subir la escalera.

-                 ¡Evencia, hija-de-puta, contesta cuando te hablo!
Las pisadas seguían avanzado sigilosa y rítmicamente, escaleras arriba.

-                      ¿Quién está en casa? – Rex fue consciente de que no era Evencia la que estaba en casa, ella le habría contestado con sorna, como hacía siempre, siguiéndole el juego.  Seguro que era el rumano cabrón que había venido a robar.

-                          La policía está a punto de llegar – era un truco viejo pero podía surtir efecto, casi era lo único que podía hacer, eso y esperar a que el rumano entrara a acuchillarle.  El sabor metálico, el malestar de estómago y el persistente dolor de cabeza no le ayudaban a mantener la calma.  - ¿Calma para qué? – estaba a punto de morir acuchillado.


Aún con la certeza de la muerte que le estaba ahogando, un sudor frio le cubrió la frente cuando una figura oscura entró en su cuarto sigilosamente.  No podía distinguirlo bien, la vista se le estaba nublando por momentos, quizá por el sudor que le invadía la frente, quizá porque le iba a dar otro ataque, pero le pareció distinguir un encapuchado con un hábito viejo y sucio, como un monje medieval, como una aparición.  Ignorando a Rex, que observaba la escena con el rostro petrificado, y sin pronunciar palabra se dirigió a la estantería y recogió el libro que acababa de descubrir Rex, lo introdujo en un zurrón igualmente viejo y lo terminó de rellenar con las velas, el crucifijo de detrás de los cables y alguna otra cosa más.

Rex no podía pronunciar palabra, era un mero espectador viendo como aquel monje se daba la vuelta silenciosamente y se marchaba por dónde había venido.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Rex le dio una orden al ordendor.
-                 Jal, llama al doctor

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