jueves, 3 de mayo de 2012

CATORCE

No sabía realmente Admika si estaba mosqueada o preocupada porque Restituto no le contestara a su último mensaje. No le preocupaba que se hubiera molestado por una pregunta incómoda. Realmente no le había preocupado nunca lo que pensaran los demás y mucho menos que se molestaran con lo que ella hacía o decía, así que no era eso. Le molestaba bastante que no le contestaran los mensajes en general, pero aquel tipo, no lo sabía con certeza, pero le resultaba algo indefenso. Allí encerrado en su habitación, atado a su cama y sin poder moverse. Un latazo si se pensaba bien y sin duda lo hacía muy vulnerable. Quizá sí, quizá estaba un poco preocupada. Decidió que esa noche no saldría de juerga, terminaría su turno de repartidora y volvería a casa a mirar el Facebook.


¿Y si le había pasado algo a aquel tío en su habitación? Se imaginó que se declaraba un incendio en la casa del paralítico y moría abrasado porque no podía huir. Se imaginó que entraba alguien a robar y al encontrarle allí tumbado decidía torturarle sádicamente. Se imaginó más situaciones a cual más truculenta mientras repartía pizzas por su barrio de siempre. Llegó a repartir treinta y dos y a imaginar veintiocho maneras diferentes de hacerlo pasar mal a aquel nuevo y desconocido amigo inválido, antes de volver a casa y sentarse de nuevo frente al ordenador.

- Tengo que comprarme un móvil nuevo para poderme conectar – se dijo a sí misma mientras se abría la pantalla azul de la red social.

Un sentimiento de alivio la emocionó al ver que tenía un mensaje nuevo. Era escueto, un simple “Hola”, pero suficiente para confirmar que nadie había entrado en la habitación de Restituto con una sierra mecánica.

- Hola tío, ¿dónde te habías metido?... Bueno, es una frase hecha. Quiero decir que por qué no me habías contestado antes.

- Estaba muerto.

- Jajaja, nunca he visto a nadie con mejor humor negro que tú.

- Lo digo en serio. Estaba muerto, pero me han recuperado. No es la primera vez que me pasa ¿sabes?

- ¡No jodas! ¿En serio?

- En serio.

- ¿Y cómo es? ¿Es como dicen en las películas, con un túnel, una luz y todo eso?

- Escucha, no tengo tiempo de contarte esas cosas. Hoy no, no me encuentro bien después de morirme.

- Entiendo.

- ¿Te acuerdas lo último que me preguntaste sobre por qué me quedé paralítico?

- Sí, claro. No me contestaste.

- Bien, ahora quiero contártelo.

- Perfecto, soy toda tuya.

- Eso quisiera yo.

- ¡Muy bien, un chiste! Parece que vas estando más animado.

- Sí. Te cuento. Yo tenía una novia cuando vivía en Moratalaz, nos iba bien, nos queríamos y todo eso hasta que un día algo cambió. No sé por qué ocurrió, nunca llegué a saberlo, pero ella empezó a vestir de otra manera, más provocativa, empezó a maquillarse demasiado, para gustar a otros hombres yo creo, o a uno en concreto temía yo.

- ¡Qué zorra!

- El caso es que empecé a sospechar que se veía con alguien en particular.

Intenté hablar con ella, pero no conseguí sacarle nada. Ella me juraba una y otra vez que no, pero yo sabía que me ocultaba algo, así que decidí seguirla una noche que me dijo que iba a salir con unas amigas. La seguí en coche hasta un local donde entró sola. Esperé y esperé hasta que, como me temía, la vi salir agarrada a un tío. Intenté no ser descubierto, quería ver dónde iban y decirle a ella que la había visto y que lo dejábamos. Estaba destrozado.

Admika no se perdía una coma.

- Entramos en una zona oscura, en un polígono industrial de las afueras. Allí era fácil descubrirme. Entonces todo se precipitó, se dieron cuenta de que les seguía y me embistieron con su coche.

- ¡Joder, qué cabrones!

- Estuve cinco horas bajo el coche hasta que alguien llamó a la policía. El resto más o menos ya lo conoces.

Admika tardó casi un minuto en volver a poner sus manos sobre el teclado. Su origen pandillero la dominaba. Sus instintos tribales, la ley de la jungla, de la calle. Y justo como Rex quería, le dio lo que él necesitaba. Un arma.

- Me gustaría darle recuerdos de tu parte. ¿Te gustaría?

- Claro que me gustaría pececito. – Rex, a pesar de que se encontraba realmente mal aquella tarde, sonrió.

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