viernes, 9 de marzo de 2012

TRES

Mientras el doctor Navarro caminaba encorvado para intentar guarecerse inútilmente de la persistente lluvia de aquella mañana, repasaba mentalmente los detalles del caso de Rex. No era precisamente este el caso por el que una persona adquiriría la vocación de médico, pero era lo que le había tocado a él y no tenía otra opción que aceptarlo. Él era el doctor del pueblo, un pueblo de piedra con sabor antiguo, con olor a pueblo, a tierra mojada, a heno y a ganado.

 - ¡Hasta luego, doctor!¡Se va usted a mojar!.
 - ¡Hasta luego Aquilino!.

Todos los habitantes del pueblo eran o habían sido en algún momento sus pacientes y se sentía querido por ellos. Recordó como al principio todo era idílico, no había casos especialmente complicados, achaques de la vejez de una población que no se renovaba y algún accidente doméstico sin importancia. Pero hacía siete años que al señor Martín se le había ocurrido trasladarse a morir a su pueblo y se había convertido en el eje central del universo del doctor, el caso principal, el que más tiempo le ocupaba y el más ingrato de todos. Uno se hace médico para ayudar a traer niños al mundo, para evitar sufrimientos o para salvar vidas, pero siempre esperas que tus pacientes te lo agradezcan o, al menos, que se sientan aliviados y algo más felices. En sus años de facultad no le habían preparado para encontrarse con un hombre que quisiera morir y, tan desagradable, que en algunos momentos de debilidad el doctor tenía serias ganas de ayudarle a conseguirlo. Sentía que empezaba a dudar de su juramento hipocrático a sus cuarenta y muchos años recién cumplidos. Una tormenta moral que le estaba haciendo dudar de si mismo, y aquello no le gustaba. Con un gesto de incomodidad producido mitad por sus dudas, mitad por la humedad que le estaba calando los huesos, siguió arrastrando su delgada y empapada figura por las calles empedradas rumbo a su casa, su oficina y su consulta que en su caso se reunían en el mismo edificio.

Al doblar la última esquina, vio aparcada junto a su puerta la furgoneta del mensajero que estaba esperando desde hacía días.

Bajo el porche de su puerta un hombre sujetaba con dificultad un paquete de esos que tienen el tamaño exacto para parecer manejables a primera vista y pero que se revelan incomodísimos cuando los intentas sujetar.

El doctor Navarro dibujó una leve sonrisa mientras sacaba las llaves de su bolsillo y abría la pesada puerta de madera envejecida que habría hecho las delicias de cualquier anticuario.

- ¡Adelante, por favor!.

Firmó el recibo oportuno y, mientras despedía al mensajero, lo sostuvo unos minutos mientras releía el nombre del destinatario con lentitud, como para estar seguro de que aquello era lo que estaba esperando aún antes de abrirlo. Quería disfrutar de aquel momento con la ilusión de quién hace un regalo inesperado esperando ver la cara de sorpresa del que lo recibe.

Abrió el paquete: Microsoft Kinect. Xbox 360 y una carta.

 “Telefónica I+D Estimado Dr. Navarro,

Tiene en sus manos el resultado de varios años de colaboración entre la Universidad de Salamanca, Microsoft España y Telefónica en el marco de la Investigación en torno al mundo de la discapacidad. Ciertamente creemos que hemos dado respuesta a muchas de las necesidades que Vd. Nos transmitió de cara a mejorar la calidad de vida de su paciente, el cual hemos tomado como referencia dadas las especiales características de su discapacidad.

Confiamos en que nos transmita las sugerencias de su paciente y las suyas propias a fin de mejorar el prototipo que van a probar, aunque podemos asegurarle que en los test previos han dado unos resultados excelentes. En los próximos días recibirá la visita de un técnico que instalará todos los accesorios necesarios para que su paciente pueda sacarle todo el provecho posible a este avance tecnológico.

Reciba un cordial saludo,” 

Aquello era realmente emocionante. Dos años de trabajo y una serie de golpes de suerte administrativos, habían llevado su idea inicial de adaptación de las nuevas tecnologías a ayudar a los pacientes con movilidad reducida. De aquel anuncio en que una alegre pareja manejaba su consola con la voz a aquel adelanto que tenía en la mano, habían pasado muchas horas de trabajo, muchas reuniones y muchas ideas descartadas, pero por fin la tenía en la mano. En unos días le podría dar a aquel ingrato paciente su mayor alegría en muchos años. Por lo menos eso esperaba.

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