lunes, 5 de marzo de 2012

Las 3 muertes de Rex T. Martin -2-

Cuando despertó, horas o quizás días después, Rex abrió lo ojos lentamente y pensó que hacía años que no se encontraba tan mal, tan cabreado ni tan rabioso y que no le quedaban ganas siquiera de insultar a alguien. 


No importaba mucho cuanto tiempo había pasado desde que murió y volvió a la vida. Ahí estaba otra vez y tenía todo el tiempo del mundo para no hacer nada, solo pensar y mirar su habitación, su prisión. Spandau como él la llamaba irónicamente. Lo único que variaba de un día para otro era lo poco que podía ver desde su ventana, la copa de un Liquidambar que crecía en su jardín y que le ofrecía, con cada cambio de estación, una estampa diferente. Un árbol pelado en invierno, las hojas nuevas en primavera con un verde intenso, la frondosidad del verano y un espectáculo de rojos y ocres en otoño. Era como cambiar el cuadro que presidía la habitación. El resto, excepto algún pájaro que pasaba volando o se posaba indiferente en su ventana, permanecía inalterable. De hecho era él el que obligaba a que todo siguiera en el mismo sitio. Seguramente era un castigo que se autoinfligía. La monotonía diaria llevada al extremo. Siempre tumbado en la misma postura y siempre viendo las mismas cosas, los mismos cuadros, el mismo jarrón vacío, la misma silla y el mismo sillón en los que nunca se había sentado. En el fondo sabía que se merecía aquel castigo. Se sabía un auténtico hijodeputa antes y después del accidente, pero ahora era, además, un hijodeputa rabioso con la vida.

 - ¡Vaya, buenos días, o buenas tardes mejor dicho!

Evencia entró en la habitación con la misma energía con la que acostumbraba a hacer todas las cosas, impulsando hasta el aire con su oronda anatomía. A pesar de su corta estatura y que a sus cuarenta años ya no era ninguna jovencita, era lo suficientemente fuerte como para mover a Rex cuando había que moverle y eso era suficiente entrenamiento como para un lanzador de peso. Las canas ya iban haciéndose notar en su corta melena morena claramente descuidada al igual que la piel de su rostro, lo que dejaba claro que la estética no era algo que le importara en absoluto.

Era la encargada de cuidar a Rex, era su interna, su asistente y, por mucho que le pesara a él, su única compañía. También era la encargada de aguantar los malos modos con que le regalaba aquel hombre todos los días, uno tras otro. Aquella tarde parecía que “el señor” no tenía ganas ni de insultarla. Eso la convertía en una buena tarde.

- Menudo susto que nos dio usted ayer. Si no llega el doctor en ese momento… 
- ¿Me habría dejado morir en paz? Se podría haber quedado en su casa. 
- Ya sabe que él no va a hacer eso.
 - Pues yo es lo que quiero que haga.
- Creo que es en lo único que usted no manda.
- Precisamente es en lo único que me interesa mandar desde hace años.
- Precisamente. Hoy vendrá a verle otra vez – Le anunció Evencia. 
- No quiero que venga.
- Ya le he dicho que usted no manda.
- ¡Pero yo pago!.
- Pero no manda.
- ¡Estás despedida! ¡Vuélvete a Valencia!.
- ¡Qué más quisiera yo!, de momento me voy a la cocina a prepararle un caldito mientras estoy en el “paro” y luego me vuelve a contratar y se lo doy.
- ¡Vete a la mierda, Evencia!.
- No, me voy a la cocina. Y no se ponga usted nervioso que le va a dar otro “torozón”. 

Rex vio como se marchaba su asistenta y deseo, como tantas otras veces, levantarse de la cama y saltar por la ventana. Como tantas otras veces no pudo mover más que la cabeza para mirar aquella ventana inalcanzable y maldijo su suerte una vez más.

4 comentarios:

  1. Pozi, hay que mantener entretenido al personal.

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  2. Mi cabeza siempre está maquinando. Yo creo que tiene vida propia. jajaja

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