jueves, 1 de marzo de 2012

Las 3 muertes de Rex T. Martin

    En el mismo momento en que Rex T. Martín murió se sintió realmente liberado. Por primera vez, en los últimos diez años, abandonó su cama, de hecho sintió como si volara por encima de ella. Se vio a sí mismo, o a lo que quedaba de él, allí postrado y solo, pero sintió paz, una paz infinita como nunca antes había sentido. Se sintió rodeado por las únicas personas que le habían querido en la vida, sus padres y sus abuelos, sonrientes todos ellos y rodeados, a su vez, por una luz azul maravillosa que desprendía una sensación placentera indescriptible. Era extraño, estaba muerto y sin embargo sentía todas esas cosas. No había ninguna atadura con el mundo material, él flotaba en el cosmos, sus parientes flotaban junto a él y el tiempo se había detenido. No recordó su vida como quizás habría esperado que ocurriera en una situación así, pero quizás era lo mejor. Su existencia no había sido precisamente como para recordarla. Una infancia tímida y acomplejada por su poca estatura, una adolescencia difícil por su fealdad y su inseparable acné, ese acné que le había dejado la cara marcada para siempre. Y la madurez convertido en un auténtico tirano, él era consciente de ello y disfrutó siéndolo mientras duró. Y luego el accidente. Aquel accidente que le llevó directamente a la cama, a aquella prisión mullida de la que no se podría separar jamás y que ya formaba parte de ese cuerpo inútil que ahora veía desde lo alto, cada vez más y más lejos. Ese cuerpo inerte y defectuoso cuyas pocas virtudes se habían quedado en la carretera aquel funesto día. Ese cuerpo que hoy, por fin, le daba una alegría y le dejaba marchar. Sin avisar. El corazón se había parado. El corazón que no servía para querer ni para sentir, ahora tampoco servía para bombear. 

    Una luz blanca e intensa se abrió en el horizonte. Aún con su tremenda luminosidad no dañaba los ojos cuando se la miraba de frente. Todos sus sentidos estaban agudizados al máximo, oía, veía y sentía todo a su alrededor como nunca antes había sentido, pero no había dolor, ningún sentimiento desagradable, todo paz. Se dirigió hacía la luz dejando atrás las voces nerviosas que habían surgido en su antigua habitación. Las voces de Evencia, su cuidadora. Las voces de su médico. Unas voces de alarma que ya no le importaban. Se dirigió hacia la luz.


    Rompiendo la armonía reinante a su alrededor, una fuerza imbatible tiró de él hacía atrás. Le succionó de vuelta a su habitación. Un golpe seco y desagradable, seguido de una descarga eléctrica, le sacudió los sentidos de nuevo y le volvió a inmovilizar el cuerpo. Un fuerte dolor de cabeza le devolvió la consciencia.

 - ¡Tiene pulso! Lo tenemos –

    Exclamó eufórico el médico que acababa de llegar minutos antes.

- ¡Gracias doctor! Llegó usted justo a tiempo – Evencia, su cuidadora, se mantenía a los pies de la cama mirando a Rex con una expresión difícil de descifrar. Tensión, alivio, sorpresa y quizás algo de desencanto también.

    Rex abrió los ojos e hizo un esfuerzo con la garganta para poder expresar también su gratitud al doctor. 

- ¡Hijo de puta!

    Luego, exhausto, se quedó dormido.

1 comentario:

  1. Empezando fuerte...sí señor.

    Intrigada me hallo...

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