martes, 13 de marzo de 2012

CUATRO

Si había algo que le irritaba especialmente a Rex eran las visitas, y muchos más si eran de desconocidos. Se sentía un mono de feria. Un mono de feria inútil por otro lado, porque no era capaz de hacer ninguna de las dos cosas que deseaba en aquellos momentos. Darle una patada a la visita y salir corriendo.

Aquella mañana recibió la visita del doctor que, inusualmente, entró con una sonrisa de oreja a oreja. Una sonrisa que sorprendió tanto a Rex, que no vio, por unos instantes, al tipo que le acompañaba.

A Rex le gustaba respetar la rutina al máximo, así es que recibió al doctor como lo hacía siempre.

- ¡Ya está aquí el más gilipollas del pueblo! ¡Nadie le ha invitado! Se puede dar la vuelta y marcharse por dónde ha venido.
- ¡Buenos días, Rex! Le hemos traído un juguete nuevo. 

La cara de satisfacción del doctor le molestaba aún más que el hecho de tener compañía.

- ¡Qué mierda es eso que trae! ¡Yo no he pedido nada! ¡No pienso soltar un euro!

El técnico que acompañaba al doctor Navarro dibujó una leve sonrisa. Era verdad lo que le había avisado el doctor. Aquel tipo de la cama era como la niña del Exorcista pero sin darle vueltas a la cabeza.

- ¡Y ese tío de qué cojones se ríe! Es mi casa y no quiero que esté aquí. 
- Tranquilo Rex, ya verá como le va a encantar. Y además es gratis, no se preocupe por eso.
- ¡No creo que lo haya pagado el doctor garrapata!

Los improperios de Rex le fluían automáticamente, pero en realidad la curiosidad le estaba martirizando. No podía incorporarse para ver qué es lo que estaban sacando de las cajas que habían metido en sus dominios. Estaba claro que era algo electrónico porque parecía que lo iban a conectar a la televisión.

- ¡Mi tele! ¡No la toques hijo de puta!
- Ya le dije que era un encanto – Le comentó el doctor al técnico que estaba a punto de soltar una carcajada cada vez que Rex abría la boca.

Un par de horas después una flamante cámara miraba a Rex desde lo alto de su televisión, aunque aquel artilugio no era más que los ojos y los oídos de un no menos flamante avance tecnológico que aspiraba a comunicarse con él.

- ¡Voilá! – El doctor estaba exultante.
- ¡Voi-leches!, qué es eso que me has montado sin mi permiso.
- Mira Rex, hoy se ha hecho tarde y estarás cansado. Mañana vengo temprano y lo ponemos en marcha. No te preocupes que la tele funciona como antes.
- ¿Entonces para qué cojones habéis estado aquí toda la tarde el risitas y tú? 
- Te aseguro que te va a gustar. No seas impaciente. Mañana por la mañana estoy aquí como un clavo. 
- Como un “calvo”, querrás decir.

El técnico no pudo evitar la carcajada.

- Perdón. Estamos todos cansados.

 Al doctor Navarro no le hizo ninguna gracia la broma sobre su “cabellera”, pero uno termina acostumbrándose a ser insultado y, una vez más, hizo caso omiso.

- Hasta mañana Rex. Rex ni siquiera contestó, lo que de hecho constituía la mejor contestación posible.

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