domingo, 3 de abril de 2011

Formerio se va de viaje - VEINTITRES

La vista privilegiada que, sobre la plaza, nos proporcionaba nuestro piso refugio, nos permitió ver el espectáculo cómico de Charlie y sus secuaces dando vueltas una y otra vez por el pueblo y preguntando a todo bicho viviente por nosotros.

Charlie lo estaba pasando fatal con aquel calor, se le veía quitarse el sombrero cada dos por tres para secarse el sudor de la calva. Nosotros no es que tuviéramos frío precisamente, pero el estar con las ventanas casi cerradas para no ser vistos, nos hacía escapar, al menos, del Sol. Para terminar la función, Charlie utilizó su sombrero para, mediante certeros sombrerazos, llevar a sus dos secuaces de vuelta hasta el coche. Acompañó los sombrerazos con tremendos insultos que no llegaban con nitidez hasta nosotros, por suerte, tampoco llegaban hasta ellos las sonoras carcajadas que soltó Formi contemplando la escena.

Se montaron en el coche y salieron de la plaza levantando una buena polvareda. Por supuesto, no vi aquella huida como una rendición. Ya no teníamos el localizador chivato, pero estaría bien atento a partir de ahora, porque tenía claro que ellos sospecharían a dónde nos dirigíamos, así es que en algún momento volveríamos a encontrarlos.

Tanto los habitantes de la casa como la mayoría de la gente del pueblo, debía ser familia o buenos amigos de Om. Se notaba en el trato que nos estaban dando y la complicidad que habían tomado para escondernos. Dentro de la casa nos prepararon rápidamente una habitación para pasar allí la noche y no tardaron mucho en empezar a ofrecernos comida y bebida. Por suerte tenían una cerveza fría que me supo a gloria y decidí saborearla sentado delante de la ventana que daba a la plaza. A parte de poder hacer la vigilancia desde allí, se disfrutaba de unas vistas excelentes sobre la misma plaza, con el bullicio generado en gran parte por el templo de las ratas, y sobre el resto del pueblo y sus alrededores.


Pude ver, a lo lejos, uno de aquellos animales mitológicos de Sabina. Un tren. Cruzaba la planicie que rodeaba el pueblo justo delante de una rojiza puesta de sol. Esta estampa,
unida a que el tren era uno de esos de los que hemos visto mil fotos, pero que no acabamos de creer que eso exista, un tren abarrotado de gente por dentro y por fuera, hacía de aquel momento uno de los más exóticos que había vivido hasta entonces. Eso era India pura, y la banda sonora la ponía una especie de músico ambulante que tocaba un extraño instrumento a los pies de mi ventana.

Vi llegar a la plaza un coche especialmente lujoso, un coche que desentonaba entre tanto polvo, entre tanta mugre. Los cristales tintados me impedían ver a los ocupantes, pero estaba claro que se trataba de alguien importante. El coche paró en el único surtidor de gasolina que había en la plaza y el conductor se bajó para repostar. En las plazas traseras, la ventanilla que podía ver yo, se bajó un poco y el conductor se acercó a la abertura, parecía que estaba hablando con el ocupante del asiento trasero. A pesar de la distancia, y de lo poco que se había abierto la ventanilla, me pareció vislumbrar una mujer vestida con un sari rojo con muchos abalorios que, aún con la poca luz que quedaba ya, enviaban sus brillos hasta mi ventana.

Me puse a fantasear y me imaginé que era Umay que venía a buscarme. Venía a rescatarme de vaya-usted-a-saber-quién para llevarme con ella a su palacio, para hacerme el amor otra vez como aquella mañana en Varanasi. Seguramente el calor me estaba afectando y necesitaba meterme dentro de la casa y descansar un poco tumbado.

Bajé a lo que parecía el salón y me encontré a Formi vestido de indio, estaba encantado. Uno de nuestros anfitriones le estaba terminando de poner un turbante típico de la zona y en un momento le convirtió en el indio más blancucho de la región. Quizás con algún tinte en la cara podría pasar por cualquier indio sonriente. No pude más que sonreír yo también ante aquella excelente idea y me imaginé que el siguiente disfrazado iba a ser yo.

Media hora más tarde, cualquiera que hubiera entrado en aquella casa, se habría encontrado con una estampa muy hogareña. Un grupo de hombres, mujeres y niños indios cenando juntos a la luz de unas cuantas bombillas de pocos vatios y charlando animadamente. Incluso aquellas gafas de pasta anticuadas de Formi, le daban un toque de autenticidad al disfraz.

Como era de esperar, aquella noche, otra vez, soñé con Umay.

2 comentarios:

  1. Lo cuentas de tal forma que puedo imaginarme perfectamente todo lo que ve Raúl. Aunque Formi vestido de indio...ufff...menudo espectáculo !!

    Y dices que no falta mucho para el desenlace?? qué intriga...

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  2. Están a un día de Jaisalmer, no sé, yo creo que queda poco, pero no hay nada escrito. Yo también tengo intriga.

    Besos,

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