miércoles, 13 de abril de 2011

Formerio se va de viaje - VEINTISEIS

    El vagón del metro estaba casi vacío. Tan sólo Umay y yo, desnudos frente a frente, mirándonos el uno al otro. Detrás de Umay se abrió una puerta y vi el negro túnel por el que estábamos pasando. Por la portezuela se asomó Om, iba conduciendo el convoy y me sonrió con su sonrisa de actor de cine.


    Llegamos a una estación y se abrieron las puertas. Decenas de indios bigotudos vestidos con trajes grises gastados, entraron en nuestro vagón sin que nuestra desnudez les provocara, aparentemente, ninguna reacción. Volví a mirar a Umay, ya no estaba desnuda, vestía el sari rojo con abalorios con el que la vi por primera vez en su casa. Con los brazos extendidos gritaba una y otra vez mi nombre: “Mario, Mario”. Los indios se agolpaban más y más entre nosotros y me resultaba difícil verla. Un revisor gordo de piel blanca, casi brillante, entró también. Comenzó a pedir los billetes a todo el mundo. Se paró delante de mí para pedirme que le enseñara mi título de transporte, y pude leer su nombre en una plaquita que lucía en su pecho: “Charlie”.

    Mi angustia crecía por momentos. Quería explicarle que no tenía billete, que estaba desnudo y no tenía dónde guardarlo, que no sabía cómo había entrado en el metro, pero no podía hablar. Movía la boca, pero ni un solo sonido salía por mi garganta. Quise huir, pero tampoco podía moverme. El catéter al que estaba enganchado me lo impedía. Miré a mis pies y vi que estaban sujetos con correas a la cama.

Un gran alboroto me llegó desde el fondo del vagón dónde estaba Umay. Mucho ruido, movimiento, una pelea sin duda. Los indios que se agolpaban a mi alrededor miraban también hacia allí.

    Una figura grande, enorme, se alzaba entre todos ellos. Parecía Formerio, tenía su cara y sus gafas de pasta años setenta, pero tenía un cuerpo enormemente musculado y ¡verde!, cubierto tan solo por los restos de una camiseta de tirantes que no era, ni por asomo, de su talla. Repartía mamporros a diestro y siniestro. A cada golpe hacía desaparecer a uno de aquellos indios, y poco a poco iba vaciando el vagón. Los que me rodeaban se sumaban también a la ensalada de hostias y me iba quedando solo por momentos.

    El gran jefe inspector Charlie americano se acercaba también a Formerio moviendo sus brazos como si fuera un molino. Sus puños cruzaban el aire cortándolo y produciendo un sonido metálico, no humano.

    Se paró frente a Formerio y alzó la vista al techo del vagón. Dio un enorme grito, que no era un grito, antes de golpear las lámparas del techo y dejar todo a oscuras. No podía ver nada, no podía moverme, me dolía la espalda y no podía cambiar de postura en la cama, solo oía algún ruido metálico y luego el silencio. Conseguí oírme a mi mismo, mi respiración y mi corazón.

    En algún sitio no lejano, algún pitido leve llegaba a sonar levemente. Pitido, silencio, pitido, silencio, pitido, silencio.

Al fondo, se abrió una ligera línea vertical luminosa. Poco a poco, la línea fue creciendo a lo ancho y se reveló como una puerta que se abría lentamente. Un pasillo iluminado, frente a otra puerta cerrada.

    Alguien vestido con bata blanca entró en mi habitación y me saludó.

- Hola Mario, ¿ya estás despierto?

2 comentarios:

  1. Hola Joseman!! Cuanto tiempo! Sigo leyendo tu novela y la verdad que es muy interesante. Sigue así, te vas a volver todo un escritor!!
    Por cierto, te has enterado de la noticia de Raquel? La han han puesto de presentadora en la isla de Supervivientes, me alegro muchísimo por ella, como se nota que le encanta vivir la aventura. Lo que no me gusta es el presentador en el plató, que es Jorge Javier, porque lo veo mas encasillado en Sálvame, pero bueno esperemos que lo haga bien.
    Pues nada tio, te sigo viendo por aquí a ver que nuevas nos sigues trayendo. Un saludo y cuídate!

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  2. Hola Killercat, me alegro de leerte por aquí.

    No me había enterado de lo de RAquel, pero aquí, entre tú y yo, no me gusta. La verdad es que el Jorge Javier ese me cae especialmente mal, quizás no él sino lo que hace. Supervivientes + Jorge Javier = Telebasura. No me gusta ver a Raquel metida en eso, pero bueno. Conozco a uno que ganó una de las primeras ediciones (Nilo) y me ha contado que la experiencia en la isla si que es muy interesante.

    Un abrazo,

    PD.: Me alegro que te guste la novela, a mí me encanta escribirla.

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