domingo, 24 de abril de 2011

Formerio se va de viaje - VEINTINUEVE

     Aunque aquello parecía un laberinto de pasillos interminables, Formi parecía estar orientándose bien y giraba las esquinas sin pensárselo dos veces. En un par de minutos llegamos a un punto muerto en que se terminaba nuestro pasillo y solo dos puertas gemelas nos cerraban el paso.

- ¿Derecha o izquierda? – Le pregunté a Formi con la respiración entrecortada.
- No lo sé

    Miraba las dos puertas alternativamente sin decidirse por ninguna, así que decidí elegir yo.

- ¡Izquierda!

    Agarré el pomo y, con fuerza, abrí la puerta. Error, una enorme sala presidida por jaulas a derecha e izquierda era lo único que nos encontramos.



- Por aquí no es – Me dijo Formi, y se dio la vuelta para elegir la otra alternativa.
- ¡No, espera un momento!

     Me dí cuenta de que las jaulas estaban llenas de chimpancés y algún que otro tipo diferente de primates. Me quedé un momento pensativo imaginando para que estaban allí aquellos pobres. Seguramente habían probado, antes que yo, las técnicas del doctor Ballesteros. Justo a mi derecha un cuadro de controles con los interruptores generales de la luz de la sala y otros muchos de misteriosa utilidad. Excepto uno de ellos, un botón rojo, grande, que lucía un cartel atrayente: “OPEN ALL”. Un botón rojo y grande lo que pide es que lo pulses con fuerza y eso es exactamente lo que hice. Un chasquido metálico me indicó que había acertado de pleno. Las jaulas se abrieron al unísono y varias decenas de monos salieron al pasillo inmediatamente.

     Se me olvidó calibrar el efecto que tenían los animales en Formi y que, como no podía ser de otra forma, se iba a poner a gritar de un momento a otro, así es que le cogí de la mano y, antes de que saliera ningún sonido de su boca abierta, giré sobre nuestros pasos para abrir la puerta de la derecha que, esta vez sí, era la correcta. Dejé la puerta abierta por si los monos tenían la idea de seguirnos y podían suponer una ayuda extra para conseguir salir del complejo. Efectivamente, chillando aún más que Formi, los primates comenzaron la carrera detrás de nosotros.

     Al llegar al final de este último pasillo, con un último giro a nuestra derecha, nos encontramos con el hall principal, el recibidor con suelos brillantes que había visto al entrar en CallTech y lo último que recordaba antes de encontrarme atado a aquella cama. Al fondo de la sala, bloqueando la puerta de salida, Charlie, el doctor Ballesteros y una cuadrilla de enfermeros y matones, nos esperaban para darnos la bienvenida.

    La sonrisa del doctor Ballesteros se borró inmediatamente cuando vio aparecer una cuadrilla de monos gritones que se dirigían directamente hacia ellos. Nos adelantaron ignorándonos y se enzarzaron en una venganza rabiosa contra todo lo que encontraban a su paso. La señorita del mostrador eligió correr en círculos cuando uno de los chimpancés la encontró debajo de su silla. Charlie y sus secuaces se empleaban a fondo contra los monos, con unas porras que tenían reservadas para nosotros.

     Para mi sorpresa, Formi decidió unirse a la fiesta simiesca y se lanzó a por el primer enfermero que se le puso por delante, chillando en la misma escala musical que los homínidos. Yo, quieto como un palo, como paralizado, contemplaba la escena como quién contempla un cuadro de El Bosco.

    Entraron en escena un par de guardias, que no estaban invitados hasta ese momento, armados con pistolas aturdidoras y comenzaron a dejar fuera de combate, uno a uno, a nuestros inesperados aliados. El primero que cayó fue el que mantenía al doctor Ballesteros tumbado en el suelo casi desde el comienzo de la fiesta.

     Al ir quedando libres, nuestros captores se agruparon en torno a Formi, que había dejado fuera de combate a más de uno, y consiguieron inmovilizarle por completo. Uno de los enfermeros se acercó a él con una jeringuilla desenfundada y su mirada no dejaba dudas sobre lo que iba a hacer a continuación.

     Yo, que seguía bloqueado, había sido ignorado por los monos, por los enfermeros, por los matones, por el doctor y por Charlie. Como si fuera un motivo más de la decoración. Estaba solo, y estaba viendo como iban a drogar a Formi, que se debatía luchando y gritando. La ira surgió de dentro. Quizás de mis entrañas, de mi corazón, y se fue extendiendo por mis articulaciones, a mis brazos, a mis piernas. Llegó hasta mis puños. Pero fue cuando llegó a mi cabeza cuando estalló del todo.

- ¡Formerio!

   Me lancé a la carrera contra el grupo que sujetaba a Formi y los derribé a todos a un tiempo. Mi compañero, al verse liberado, comenzó de nuevo a golpearles. Yo, cegado de ira, salté sobre Charlie y me senté sobre él para poder golpearle con más facilidad. Sentía como varias personas me golpeaban con sus porras en la cabeza y en la espalda, pero yo no sentía dolor. Tampoco sentía dolor en los puños mientras golpeaba, una y otra vez, la cabeza de Charlie. La sangre que brotaba de su nariz me manchaba los puños y me encendía la ira. Si alcanzaba a oír como Formi luchaba a mis espaldas hasta que, al fin, fue reducido de nuevo. También pude oír al doctor Ballesteros gritando.

- ¡Matad a ese hijodeputa!, ¡se va a cargar a Charlie!

    Sentí un latigazo eléctrico que me paralizó de inmediato y caí lateralmente, mirando hacia la puerta de salida. En ese momento vi como se abría y un enorme resplandor me cegaba. Oí también unos gritos en inglés que, por el aturdimiento, no conseguí entender.

- Do not move!

    En medio del resplandor, antes de desmayarme, me pareció ver como un ángel, rojo brillante, entraba en escena.


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