miércoles, 6 de abril de 2011

Formerio se va de viaje - VEINTICUATRO

    Om salió de la casa antes que nosotros para recorrer el pueblo al amanecer y asegurarse de que no había “presencias hostiles” en los alrededores. Mientras, nosotros dábamos cuenta de un buen desayuno casero y nos poníamos de nuevo el disfraz que nos habíamos probado la noche antes. Y así, vestidos de lugareños indios, nos subimos de nuevo al coche para continuar nuestro viaje rumbo a Jaisalmer.

    Muy inteligentemente, Om había manchado el coche de polvo y barro para que, así decorado, pasara más desapercibido entre el resto de vehículos. Un coche como el nuestro, casi siempre limpio, nos delataba a kilómetros.

    El calor de la zona era realmente intenso, pero, a diferencia de lo que habíamos sufrido hasta entonces, era un calor seco, mucho más soportable para nosotros los de la Meseta Central española. Aún con esa novedad climática, no conseguía entender la utilidad de los turbantes y terminé deduciendo que sería simplemente un distintivo tribal o del oficio del que lo portaba, porque la verdad es que daba un calor de la hostia. El aire acondicionado del coche apenas conseguía refrescar unos grados el aire que entraba de la calle, aunque lo que de verdad me hacía sentirme mejor era imaginarme lo que tenía que sentir la gente que, inexplicablemente, iba andando por aquella carretera con un buen saco de kilómetros a sus espaldas y otros tantos por recorrer, sin más protección que su ropa cargada con el polvo del camino.



    A medida que nos acercábamos a Jaisalmer, me iban entrando más y más dudas acerca de lo que estaba haciendo yo allí. No tenía ninguna necesidad de saber el origen de aquella carta. No tenía ningún interés en saber quién era Mario y qué era lo que le unía a mí. No tenía por qué enfrentarme a una gente que, por alguna razón, no quería que yo estuviera en India. Ya había tenido un premio gordo con el episodio de Umay. Era algo que nunca olvidaría. También tenía un nuevo y entrañable amigo, aunque no consiguiera acordarme bien de su nombre. Pero ¿realmente sentía lo que estaba pensando?, ¿o simplemente tenía cada vez más miedo de enfrentarme a la verdad y quería salir corriendo hasta mi casa?. Definitivamente no, mi vida en España era gris y monótona. Esto era una aventura en toda regla y poca gente podía contar que había vivido una. Yo si, pasara lo que pasara a partir de ahora. Prefería pensar que no había un peligro mortal en aquella persecución y que Charlie solo quería asustarnos o darnos de leches, según se le diera el día. Que quizás encontraría una verdad sorprendente que cambiaría mi vida para siempre, que volvería a ver a Umay, que volvería a besarla y que me sentiría ya, para siempre, vivo, como me sentía ahora. Decidí seguir adelante.

    Om señaló hacia el frente.

- ¡Jaisalmer!



    Una ciudad rojiza de piedra arenisca “La ciudad dorada”, construida a los pies de una imponente fortaleza de murallas almenadas, se alzaba en el horizonte rodeada de un desierto al que parecía desafiar. Allí estaba, imponente nuestra próxima meta.

    A pesar del calor, un escalofrío me recorrió la espalda indicándome que estaba acercándome al final del camino.

    Formi me agarró la mano y me dí cuenta de que sentía lo mismo que yo.

    Le apreté la mano en silencio mientras Om nos acercaba a las puertas de la fortaleza.

2 comentarios:

  1. Hola Joseman, tienes en la vida real un amigo como Formi? Yo quisiera tener uno asi. Saludos, Patricia- Ecuador.

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  2. No como él, pero si conozco a una persona que se llama así realmente. Aún no sabe que he escrito la novela con su nombre. ;-D

    Un saludo para Ecuador,

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