domingo, 27 de marzo de 2011

Formerio se va de viaje - VEINTIUNO

    Salimos prontito aquella mañana, casi cuando el sol acababa de salir, pero el bullicio en la calle era como a cualquier otra hora del día. Varanasi no descansaba. Como había quedado con Om, nos dirigimos a la puerta del jardín del hotel que daba a otra calle distinta a la de la entrada. No era una calle solitaria, era solo distinta y, esperaba yo, suficiente para evitar posibles vigilancias indeseables. Para confirmarlo, a la hora de pagar la habitación, me acerqué disimuladamente a la puerta principal y, efectivamente, allí había parado un coche en el que pude distinguir, entre las tres figuras que lo habitaban, una cabeza gorda de la que hubiera apostado quién era su propietario, Charlie. Otro interrogante ¿qué pintaba aquel tío en la película? Desde luego no tenía pinta de ser un guardaespaldas o un agente secreto, más bien tenía pinta de oficinista, aunque la verdad era que yo nunca había conocido a ningún agente secreto con quién compararlo.

    Mi estrategia había salido bien, pudimos dejar el hotel sin que el coche del gordo Charlie nos siguiera. Creo que no se imaginaban que pudiéramos ser mínimamente inteligentes.

    Nos integramos en el tráfico de la ciudad y pudimos, una vez más, contemplar aquel lugar tan especial y sin duda único en el mundo. Varanasi dejaría para siempre en mí un vendaval de sentimientos que iban del terror al sexo y que me acompañarían el resto de mi vida.

    Contrariamente a su costumbre, Om comenzó una conversación, lo que me dejó doblemente sorprendido. Por el hecho en sí de preguntar de motu propio y por el contenido de la pregunta y la conversación posterior.

- ¿Vamos al hospital CalTech de Jaisalmer, dónde nos conocimos?

    Tras unos instantes de duda, pude contestarle casi con temor a la respuesta.

- Si Om, ¿Cuándo fue eso?
- Hace ya cinco años, al menos
- ¿Y adónde me llevaste?
- Del hospital al aeropuerto de Delhi, a usted y al señor Charlie
- ¿Cómo?¿A él también? – Estaba empezando a marearme
- Si, él pagaba todo
- ¿Puedes contarme algo más?¿Qué hacía yo en el hospital?¿Se me veía enfermo?
- ¿No se acuerda señor Raúl?
- No, de nada
- No, estaba bien, parecía, si me permite decirlo, un poco atontado

    El aire acondicionado del coche no era suficiente para refrescarme y abrí la ventanilla justo hasta recibir una bofetada de calor que me hizo cerrarla de nuevo inmediatamente.

- ¿Y luego volviste a verme?
- No, hasta ahora. Escribió mi número en un papel porque me prometió que volvería a verme y ha cumplido su promesa. Es usted un buen hombre.

    De nuevo volví a coger aquella carta que me había llevado hasta India. Reconocí mi escritura y, por fin, conseguí que algo encajara en todo aquel embrollo. Exceptuando que no entendía ni recordaba nada de aquello, por lo menos la historia iba tomando forma.

- ¿Esa es la carta de la que me has hablado todo este tiempo? – Formi también quería entender y le pasé la carta para que la tocara.
- Al parecer la escribí yo hace cinco años. Me cuenta Om que ya he estado aquí, que me llevó del hospital al aeropuerto y que me acompañaba Charlie, pero no me acuerdo de nada.
- ¡Charlie!
- Si, pero no me preguntes porque ya te digo que no me acuerdo de nada. Todo me lo está diciendo Om.
- ¿Y estabas enfermo?
- Ya te digo que no lo recuerdo
- A lo mejor estabas enfermo de pistesia y por eso no te acuerdas y entonces no tienes un hermano gemelo y te llamas Mario.

    El comentario de Formi, otra vez acertado, me hizo dudar a mi también.

- Om ¿Recuerdas cómo me llamaba Charlie?
- Si, Gilipollas, Om tiene buena memoria.

    El misterio de Mario tendría que esperar para más adelante.

- ¿Qué te ha dicho Om? – Formi, lógicamente, se quería enterar de todo.
- Que no lo sabe
- Entonces tenemos lo siguiente: Tú estuviste aquí hace cinco años y te dio un ataque de pistesia.
- Amnesia.
- Eso. En el hospital también estaba Umay, pero ella no tiene pistesa porque se acuerda de ti, aunque te llama Mario. Y Charlie te llevó del hospital al aeropuerto y ahora se ha enfadado porque has vuelto, así que no tenías que volver. Algo has hecho mal, pero no te acuerdas porque aún te dura la pistesia.
- Amnesia.
- Eso.

    Formi me ahorró, con su peculiar razonamiento,

el ordenar las nuevas noticias. Mientras tanto, el camino iba cambiando lentamente, la vegetación iba escaseando cada vez más, los camellos iban sustituyendo a las vacas y la vestimenta de los campesinos se iba volviendo menos colorista a medida que consumíamos kilómetros. El desierto iba ganando paso a los pastos y Jaisalmer se iba acercando. Quizás en aquel desierto encontraríamos las verdades que estábamos buscando. En realidad, solo yo estaba buscando aquellas verdades, pero Formi hacía suyas todas mis inquietudes. Me dí cuenta de que se había vuelto un compañero imprescindible y que no habría podido yo solo completar aquel viaje.

1 comentario:

  1. supercali:
    sigue sin defraudarme la novela :). A ver cuando se le pasa la pistesia a Raúl jeje

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