miércoles, 9 de marzo de 2011

Formerio se va de viaje - DIECISEIS

    Volvimos de nuevo al barrio comercial, al barrio de los puestos ambulantes, de las pancartas de colores, de las vacas, de los santones y de los charcos. Pero esta vez, si queríamos ver algo, teníamos que bajar del coche. Abrí mi puerta y puse primero el pie izquierdo en el mismo centro de una mierda de vaca y, al darme cuenta, dí un salto lateral para meter el pie derecho directamente en un charco de agua fangosa, decidí meter también mi pié izquierdo en el charco para, por lo menos, llevar los dos zapatos del mismo color charco. Esto me permitió distraerme unos segundos antes de ser consciente del peculiar olor de aquel lugar. Si, según Om, aquel día olía bien, no quería imaginarme como sería aquello un día que oliera mal. Era sencillamente indescriptible, era tal la cantidad de información olfativa que recibía mi nariz, que llegó un momento en que se embotó y empecé a respirar por la boca directamente.

    Formi, que se bajó por el lado contrario, no tuvo más suerte que yo, metió los dos pies directamente en un charco que le cubría hasta los tobillos. Sin embargo esto pareció divertirle. Om, más acostumbrado a los accidentes orográficos de aquella ciudad, consiguió llegar a la acera sin mojarse los zapatos. Un grupo de indios entregados a la tarea de no hacer nada en la acera cercana, lo pasó realmente bien viéndonos sacudir nuestro maltrecho calzado contra el tronco de un árbol cercano.

- Vamos a visitar Ghats – Nos anunció Om.
- Es mejor al amanecer, baja mucha la gente a Ganges y se meten en el río.

    A mí me parecía que “mucha” gente es lo que había ahora en la calle, pero al parecer, al amanecer, bajaba casi toda la ciudad a tomar sus baños al río y a rendir tributo al dios del Sol, Surya.

- A dónde vamos ahora Raúl.
- Vamos al río Ganges, ¡pero no te puedes bañar! ¿eh? – Se lo aclaré para evitar males mayores.

    Om nos fue adentrando en la ciudad avanzando por calles cada vez más estrechas. Tan estrechas que en algunas podías tocar las casas de ambos lados si ponías los brazos en cruz. Esto en sí mismo no era un problema, el problema era tener que compartir la calle con las vacas que, por muy flacas que estuvieran, ocupaban un buen trozo de espacio vital. La primera vaca parda la encontramos nada más adentrarnos en uno de aquellos minúsculos callejones. Realmente nos dimos de bruces con su culo y su rabo bamboleante. Ella estaba dando buena cuenta de un montón de basura acumulado en la puerta de una casa. Formi frenó en seco y se negó a adelantarla, no conseguía entender por qué no podíamos esperar detrás hasta que se decidiera a avanzar. Como no parecía entrar en razón y se estaba poniendo cada vez más nervioso, decidí darle un empujón para que avanzara, aunque solo conseguí que se pusiera a gritar otra vez histérico. Esto incomodó a la vaca, de naturaleza bastante tranquila, que dio un paso adelante para intentar alejarse de aquel ser chirriante, lo que provocó un aumento del volumen de la voz por parte de mi compañero de aventuras que se mantenía rígido como un palo en el lateral del astado. Mientras tanto Om, que había rebasado a la vaca hacía ya un rato, se desternillaba de risa sin hacer absolutamente nada para ayudarme a callar a aquel imbécil. Decidí acabar con aquello de inmediato y le propiné otros dos empujones, uno por cada mitad del animal, cuando por fin la adelantó, siguió corriendo callejón abajo hasta encontrar la siguiente vaca, que le provocó el mismo efecto paralizante, por suerte esta vez en silencio. Tuve que repetir esta maniobra otras dos veces hasta que a la cuarta vaca consiguió acostumbrarse y pasaba sin problemas a su lado rozando el culo contra la pared contraria, aunque seguramente aquel episodio dejó secuelas psicológicas en aquellos pobres mamíferos.

Al desembocar en una especie de placita, Om se detuvo y nos indicó que teníamos que seguir nosotros solos el resto del camino hasta el río. Al parecer, por un problema de castas imposible de entender para un occidental, él no podía continuar más allá de aquella calle.

- Está muy cerca, dos calles más y están los Ghats – nos dijo, y se sentó en unas escaleras dejándonos claro que de allí no pensaba pasar.

    Varanasi impone, pero si vas sin guía impone mucho más. Para salir de aquella plaza en dirección a los Ghats, nos adentramos en otra de aquellas calles estrechas, pero esta vez cada uno de los portales de uno y otro lado de la calle, estaban presididos por ancianos de edad indescriptible. Es probable que aquella gente no fuera tan mayor como aparentaba viéndoles con ojos de europeo, pero en India todo es distinto y un anciano realmente gastado y consumido como aquellos podía tener perfectamente sólo sesenta años, aunque aparentaban haber consumido la vida casi por completo. Delgados, marchitos sin rastro de vida en la mirada, estaban allí sentados como esperando que llegara la muerte a buscarles. Efectivamente, Om nos confirmó aquello más tarde. Los indios vienen aquí a morir, lo más cerca posible del río sagrado. Y eso era lo que se respiraba en aquellos callejones.

    Lejos de mejorar, según nos acercábamos a la orilla, aquello iba siendo más y más tétrico, comenzamos a ver que la calle se llenaba de humo, un humo que no olía precisamente a comida, un humo casi gris, espeso y algo dulzón. Un incesante ejército de transportadores de madera nos esperaba en la siguiente calle, hombres con troncos a la espalda que bajaban también hacia el río. Al mirar hacia atrás, vimos que aquella marea humana venía de un poco más arriba, un enorme depósito de troncos de madera apilados de manera caótica. Aquellos hombres se dirigían hacia dónde parecía estar el origen del humo que estábamos respirando.

    Decidimos seguir la corriente humana y comenzamos a bajar hacia el río. Un guía espontáneo se ofreció a enseñarnos todo aquello a cambio de unas monedas. Como la sensación de desamparo nos había invadido desde que Om nos dejó, aceptamos la ayuda y nos dejamos guiar por aquel tipo bajito, moreno y gran sonrisa, como casi todos. Nos adentró aún más en las entrañas de aquel submundo hasta llegar a ver, por primera vez, el agua sagrada del Ganges. Eso si, sagrada pero hipercontaminada. Se notaba que el nivel del agua estaba más alto de lo normal, ya que cubría algunas edificaciones ribereñas e invadía los escalones que en tiempos de sequía llegaban hasta la orilla. Entre montones de madera, nos encontramos con un espectáculo para el que no estábamos preparados. Formi, petrificado, esperaba detrás de mí, casi pegado a mí. Al pie de unas escalinatas interiores diez hombres. medio desnudos y metidos en aquel agua sucia hasta media cintura, se afanaban en cribar montones de cenizas que caían por una rampa aledaña. Debía ser algo valioso para trabajar en aquel ambiente tan insano, pero ellos se afanaban en el trabajo totalmente concentrados. Le pregunté al guía improvisado y su respuesta me dejó de piedra. ¡Estaban buscando dientes de oro! Y me señaló escaleras arriba, justo de dónde nacía aquel humo, invitándome a subir. Como hipnotizado por aquel ambiente sórdido, subí las escaleras muy despacio, como temiendo lo que me iba a encontrar arriba.

    Dos o tres escalones antes del final, mis piernas se paralizaron y no pude continuar subiendo. Un montón de troncos humeantes con un bulto envuelto encima, me rebelaron claramente el origen de aquellas cenizas y de los dientes de oro que buscaba aquella gente. Una pira funeraria era el origen de aquel trabajo inmundo. Pero acompañando al cadáver, medio consumido por las llamas, me encontré impasible una cabra mirando la escena. No pude evitar hacer la asociación de ideas muerte-cabra-lucifer y más aún cuando se acercó a mi el ser que cuidaba de las llamas. Un hombre alto, flaco, renegrido y vestido con una túnica miserable. Busqué instintivamente una guadaña en los alrededores, tenía que haber una apoyada en alguna parte, aquello era la mismísima entrada al infierno. El miedo me subió por la columna vertebral hasta la base del cráneo e hizo que los pelos de la nuca se me erizaran.



    Sin dejar de mirar a la cabra, giré la cabeza para buscar a Formi, pero mirando de reojo no conseguí encontrarlo y giré la cabeza completa. Recorrí con la mirada los escalones que acababa de subir y la plataforma al lado de los buscadores de dientes de oro. ¡Formi no estaba!.

    De un salto bajé los escalones y volví sobre mis pasos para salir al pasillo central de aquel laberinto de muerte.

- ¡Formerio! – Por primera vez recordé su nombre para gritarlo por encima de aquel bullicio.
- ¡Formerio! – Grité otra vez.

    Sonriendo, como siempre, cuatro hombres sentados en frente de mí me miraban divertidos.

- ¿Dónde está mi amigo? ¡Dejad de reíros, cojones!¡Esto no tiene ninguna gracia!

    Ni en inglés ni en español, aquella gente no paraba de sonreír y el guía no estaba por ninguna parte. Y lo peor de todo, Formerio había desaparecido.

3 comentarios:

  1. ¿Qué le habrá pasado a Formerio???

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  2. Ayyyyyy que hemos perdido a Formi !!! Y en el "mejor" sitio, además...

    Joseman, me ha encantado este capítulo...tus descripciones, la forma de contar esta particularidad de India que siempre es un shock para un occidental...

    Oooooommmm hasta el domingo !!!

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  3. Belén, te voy a nombrar presidenta de mi club de fans, jajaja

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