miércoles, 30 de marzo de 2011

Formerio se va de viaje - VEINTIDOS

    Ya llevábamos muchas horas de coche y el cansancio empezaba a hacer mella en nuestros culos. Yo había conseguido dormirme un rato, porque el paisaje no daba para distraerse mucho, Formi se había dormido bastante antes que yo y daba la impresión de que Om había cubierto su cupo de palabras para aquel día porque no decía nada desde hacía dos horas. Abrí un momento los ojos sacudido por un enorme bache que me hizo botar casi hasta tocar el techo con la cabeza. Om me vio despierto y aprovechó para darme una mala noticia.

- Un coche nos sigue desde hace rato.

    Como un resorte me levanté y miré hacia atrás. Efectivamente, detrás de un autobús abarrotado de gente que acabábamos de adelantar, pude ver un coche oscuro que, sin duda, era al que se refería Om.

- ¿No puedes despistarles?
- No, está muy mal la carretera y no puedo ir más deprisa, además es una gran recta larga, sin ningún desvío.
- ¿Hay algún pueblo cerca?
- Está Deshnok, un sitio pequeño cerca de Bikaner, Om tiene amigos allí. Podemos escondernos y dormir y comer.
- ¿Podemos perderles dentro del pueblo?
- Es pequeño, intentaré antes.

    No podía entender cómo conseguían encontrarnos siempre. Quizás sospechaban nuestro destino, y solo había una carretera por dónde llegar a Jaisalmer, pero era extraño que nos encontraran tan pronto.

    Recordé haber leído alguna novela de aventuras en que los malos siempre usaban localizadores GPS para perseguir a los buenos. Quizás era una tontería, pero pensaba mirar los bajos del coche en cuanto nos bajáramos. Tampoco sabía el aspecto que tendría un aparatito de esos, pero si en mis novelas los encontraban fácilmente, no debían ser difíciles de identificar.

    Mientras me preguntaba cómo podríamos despistarles en aquel paisaje completamente plano, sin casi árboles ni setos, me sorprendió ver una vaca totalmente diferente de las que estaba acostumbrado a ver desde que llegamos a India. Era una vaca americana, según me contó Om, para nosotros, una vaca normal y corriente, una vaca blanca y negra, muy similar a las españolas, pero que indicaba claramente una cosa. El pueblo estaba muy, muy cerca. A una vaca como aquella no la dejaban alejarse mucho.

    Miré otra vez hacia atrás y comprobé que Om había conseguido colocar al menos tres vehículos incómodos entre nosotros y nuestros perseguidores. Un autobús, un tractor destartalado pero lleno de guirnaldas y banderas de colores y un carro tirado por un camello que acabábamos de adelantar. Suficiente ventaja para entrar en Deshnok. Un pueblito campesino con algún que otro templo y bastante tráfico, como todos.

    Desperté a Formi y le puse en estado de alerta para ponernos en marcha en cuanto parara Om. Nos dirigimos a una explanada que hacía las veces de plaza del pueblo y parking de un pequeño templo cercano y Om metió el coche entre otros dos vehículos prácticamente iguales al nuestro. Como había planeado, nada más parar, me bajé del coche y me puse a buscar el localizador por mi lado. Formi, a su vez, se puso a buscar por el lado contrario.

- ¡Raúl, Aquí hay una cajita! – Me la enseñó eufórico, levantándola por encima de su cabeza.
- ¡Rómpela, corre!

    De algo me tenía que servir leer tanto. Había dado en el clavo, localizador adosado al coche. Formi lanzó la cajita al suelo sin borrar la sonrisa y le pegó un pisotón terminal. Hasta ese momento había estado funcionando, así es que nos tenían localizados hasta el parking.

- ¡Esconderos en el templo Karni mata! – Om nos señaló el pequeño templo cercano. - Dentro de media hora estaré dentro de esa casa alta con mis amigos, tened cuidado - En sentido contrario, un edificio de tres plantas sobresalía de entre los demás. – Allí estaremos a salvo – Volvió a meterse en el coche y se alejó de la plaza para, al menos, evitar que nos encontraran a nosotros.

- ¡Vamos al templo, Formi!
- ¡Me llamo Formerio!

    Le agarré de la mano y nos dirigimos hacia un pequeño templo que parecía el centro de atención de la plaza parking. Justo al entrar, volví la cabeza para reconocer el terreno y vi parar el coche que nos perseguía a la altura de la cajita machacada del GPS.

    Un buen número de fieles poblaban la explanada interior del templo que tenía dos centros de atención, uno a nuestra derecha, nada más entrar, que presentaba a lo lejos un aspecto más bien oscuro, y que no permití distinguir de qué se trataba y otro de frente, que era el propio templo en sí y dónde debía estar la deidad de turno, ya que había cola de fieles para entrar a visitarlo y un devoto, vestido de naranja en la puerta del recinto, comprobando que se observaban todas las medidas de respeto impuestas por el líder de turno.

    Algo llamó mi atención en el techo del recinto. Toda la explanada estaba cubierta por una malla de apariencia metálica. En un principio se me ocurrió que, dentro del templo, habría pájaros y las mallas impedirían su huida, pero un grito desgarrador de Formi me hizo ver que estaba totalmente equivocado.

- ¡RATASSSSSS!

    Miré hacía Formi y me dí cuenta enseguida de lo que le aterrorizaba, el suelo y las paredes dónde se había apoyado estaban plagados de pequeñas ratas que vagaban tan tranquilas por entre los pies de los feligreses.

- ¡RATASSSSS!

Volví a oír el grito histérico de Formi, que ya conocía de sobra.

- ¡Por Dios, cállate! ¡Te van a oír desde Nueva Delhi!

    Me le llevé al rincón oscuro que había visto al entrar para conseguir escondernos un poco si entraban a buscarnos al templo, pero aquello fue aún peor. En aquel rincón era dónde estaba el foco de las ratas. Cientos de ellas se agolpaban en un espacio claramente habilitado para ellas, dónde la gente les daba de comer y un gran plato de leche, casi una paellera, les servía para aliviar la sed. Comprendí entonces que las mallas del techo del recinto eran para evitar que los pájaros entraran a quitarles la comida a las ratas, o incluso los depredadores pudieran entrar a atacarlas.



    Los gritos de Fomi rajaban el silencio ceremonial del templo y no me dejó más remedio que agarrarle del brazo y sacarle de allí.

- ¡Ya nos vamos, ya nos vamos, pero cállate de una vez!

    Los gritos no cesaban, de hecho creo que era solo un grito constante que no había parado desde que entramos en el templo. Ni Monserrat Caballé sería capaz de semejante proeza.

    Formi corría de puntillas, agarrado de mi brazo, para no pisar, ni de lejos, uno de aquellos animalitos, cuando dejó, por fin, el chillido prolongado y lo cambió por otro entrecortado, al ritmo de los saltitos que iba dando hacia la salida.

    El tipo vestido de naranja, que custodiaba la entrada al templo, nos lanzó uno de los zapatos que habían dejado los fieles a su custodia, para animarnos a salir de allí y la gente le aplaudió el gesto haciendo lo mismo con sus propios zapatos.

    Conseguimos salir de allí entre una lluvia de zapatos mugrientos golpeándonos la espalda, pero al menos Formi había dejado de gritar.

- ¡Me dan mucho miedo las ratas!
- No hace falta que me lo jures

    No me pareció ver a Charlie en un primer barrido visual de la plaza y no era capaz de distinguir a sus secuaces entre aquel montón de gente que nos miraba, pero si pude identificar el coche que les había traído hasta allí, así es que nos dirigimos hacia dónde nos había indicado Om.

    Una mujer con un sari verde apagado, nos estaba esperando en la puerta y nos hizo entrar directamente al interior de la casa. Nada más entrar notamos el frescor de la penumbra y lo acogedor de una casa particular, pero Formi no paraba de mirar por todos los rincones como si aquel pueblo estuviera todo infectado de ratas. En contra de lo que creía mi compañero de viaje, aquella casa parecía un lugar seguro para descansar del largo viaje y de las emociones recién vividas. Formi aún tardó un buen rato en relajarse y dejar de mirar al suelo, pero cuando llegó Om se tranquilizó del todo. El coche estaba escondido y parecía que no nos habían seguido.

domingo, 27 de marzo de 2011

Formerio se va de viaje - VEINTIUNO

    Salimos prontito aquella mañana, casi cuando el sol acababa de salir, pero el bullicio en la calle era como a cualquier otra hora del día. Varanasi no descansaba. Como había quedado con Om, nos dirigimos a la puerta del jardín del hotel que daba a otra calle distinta a la de la entrada. No era una calle solitaria, era solo distinta y, esperaba yo, suficiente para evitar posibles vigilancias indeseables. Para confirmarlo, a la hora de pagar la habitación, me acerqué disimuladamente a la puerta principal y, efectivamente, allí había parado un coche en el que pude distinguir, entre las tres figuras que lo habitaban, una cabeza gorda de la que hubiera apostado quién era su propietario, Charlie. Otro interrogante ¿qué pintaba aquel tío en la película? Desde luego no tenía pinta de ser un guardaespaldas o un agente secreto, más bien tenía pinta de oficinista, aunque la verdad era que yo nunca había conocido a ningún agente secreto con quién compararlo.

    Mi estrategia había salido bien, pudimos dejar el hotel sin que el coche del gordo Charlie nos siguiera. Creo que no se imaginaban que pudiéramos ser mínimamente inteligentes.

    Nos integramos en el tráfico de la ciudad y pudimos, una vez más, contemplar aquel lugar tan especial y sin duda único en el mundo. Varanasi dejaría para siempre en mí un vendaval de sentimientos que iban del terror al sexo y que me acompañarían el resto de mi vida.

    Contrariamente a su costumbre, Om comenzó una conversación, lo que me dejó doblemente sorprendido. Por el hecho en sí de preguntar de motu propio y por el contenido de la pregunta y la conversación posterior.

- ¿Vamos al hospital CalTech de Jaisalmer, dónde nos conocimos?

    Tras unos instantes de duda, pude contestarle casi con temor a la respuesta.

- Si Om, ¿Cuándo fue eso?
- Hace ya cinco años, al menos
- ¿Y adónde me llevaste?
- Del hospital al aeropuerto de Delhi, a usted y al señor Charlie
- ¿Cómo?¿A él también? – Estaba empezando a marearme
- Si, él pagaba todo
- ¿Puedes contarme algo más?¿Qué hacía yo en el hospital?¿Se me veía enfermo?
- ¿No se acuerda señor Raúl?
- No, de nada
- No, estaba bien, parecía, si me permite decirlo, un poco atontado

    El aire acondicionado del coche no era suficiente para refrescarme y abrí la ventanilla justo hasta recibir una bofetada de calor que me hizo cerrarla de nuevo inmediatamente.

- ¿Y luego volviste a verme?
- No, hasta ahora. Escribió mi número en un papel porque me prometió que volvería a verme y ha cumplido su promesa. Es usted un buen hombre.

    De nuevo volví a coger aquella carta que me había llevado hasta India. Reconocí mi escritura y, por fin, conseguí que algo encajara en todo aquel embrollo. Exceptuando que no entendía ni recordaba nada de aquello, por lo menos la historia iba tomando forma.

- ¿Esa es la carta de la que me has hablado todo este tiempo? – Formi también quería entender y le pasé la carta para que la tocara.
- Al parecer la escribí yo hace cinco años. Me cuenta Om que ya he estado aquí, que me llevó del hospital al aeropuerto y que me acompañaba Charlie, pero no me acuerdo de nada.
- ¡Charlie!
- Si, pero no me preguntes porque ya te digo que no me acuerdo de nada. Todo me lo está diciendo Om.
- ¿Y estabas enfermo?
- Ya te digo que no lo recuerdo
- A lo mejor estabas enfermo de pistesia y por eso no te acuerdas y entonces no tienes un hermano gemelo y te llamas Mario.

    El comentario de Formi, otra vez acertado, me hizo dudar a mi también.

- Om ¿Recuerdas cómo me llamaba Charlie?
- Si, Gilipollas, Om tiene buena memoria.

    El misterio de Mario tendría que esperar para más adelante.

- ¿Qué te ha dicho Om? – Formi, lógicamente, se quería enterar de todo.
- Que no lo sabe
- Entonces tenemos lo siguiente: Tú estuviste aquí hace cinco años y te dio un ataque de pistesia.
- Amnesia.
- Eso. En el hospital también estaba Umay, pero ella no tiene pistesa porque se acuerda de ti, aunque te llama Mario. Y Charlie te llevó del hospital al aeropuerto y ahora se ha enfadado porque has vuelto, así que no tenías que volver. Algo has hecho mal, pero no te acuerdas porque aún te dura la pistesia.
- Amnesia.
- Eso.

    Formi me ahorró, con su peculiar razonamiento,

el ordenar las nuevas noticias. Mientras tanto, el camino iba cambiando lentamente, la vegetación iba escaseando cada vez más, los camellos iban sustituyendo a las vacas y la vestimenta de los campesinos se iba volviendo menos colorista a medida que consumíamos kilómetros. El desierto iba ganando paso a los pastos y Jaisalmer se iba acercando. Quizás en aquel desierto encontraríamos las verdades que estábamos buscando. En realidad, solo yo estaba buscando aquellas verdades, pero Formi hacía suyas todas mis inquietudes. Me dí cuenta de que se había vuelto un compañero imprescindible y que no habría podido yo solo completar aquel viaje.

viernes, 25 de marzo de 2011

Roger Waters - The Wall

Una de las cosas buenas que tiene escribir un blog, es que puedes escribir de lo que te dé la gana y eso es, precisamente, lo que voy a hacer yo.

Esta noche, en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid, Roger Waters   —fundador de Pink Floyd— vuelve a derribar el muro en un gran montaje audiovisual con motivo del 30º aniversario de la edición del disco The wall (1979) uno de mis favoritos de siempre que nos servirá para rememorar aquellos conciertos organizados con motivo del lanzamiento del albúm en el 1980 y 81.
A pesar de que este comentario dejará al descubierto que ya no soy un adolescente, tuve la suerte de asistir al estreno de la película que se hizo con motivo de aquel disco en el año 1982, dirigida por Alan Parker y protagonizada por Bob Geldof.  Fue todo un espectáculo, como lo es el albúm en sí mismo. Y cómo lo que espero ver esta noche en el Palacio acompañado por mi amigo Oscar.

Realmente The Wall no es un concierto de rock, es un espectáculo, un musical, una ópera rock como se llamaba cuando se estrenó. El show que nos ofreció Roger Waters ayer en Madrid fue impecable en cuanto a sonido, muy lejos de aquel concierto de Deep Purple hace 10 años, que me hizo jurar que nunca volvería al Palacio de los deportes.  Imagen y efectos especiales, todo muy Pink Floyd. Eso si, hubo algunos momentos de música enlatada, un intermedio de casi media hora, para mí inexplicable, y muy poco protagonismo del resto de músicos. Como comentó él mismo durante el show, era un experimento narcisista. Roger Waters era el protagonista absoluto, la historia hablaba en gran parte de él y el punto álgido llego durante el tema "Mother" en el que Waters, sólo en el escenario delante del muro que lo cubría de lado a lado, interpretó el tema acompañado por una imagen de él mismo, proyectada en el muro, que se grabó en el concierto de 1990 con motivo de la caída del muro de Berlín.  Aquí os paso una foto de ese momentazo.


Sorprendentemente, a mi amigo Oscar y a mí nos gustó más la segunda parte que la primera, y digo sorprendentemente porque no es que la primera fuera mala, sino porque los temas de la primera hora de The Wall son los más conocidos, pero la segunda parte, que comenzó con el muro completamente construido y que tapaba a la banda, fue mucho más emotiva, más intensa y más rock.

Lo mejor del show, que es uno de mis discos favoritos (sino el que más) y que el sonido fue impresionante.

Lo peor tres cosas, que no llegó a ponerme los pelos de punta más que en un par de ocasiones (Mother y "Confortable num" pongo otra foto)


dos, que no hubo ningún bis después de terminar.  Esto siempre se agradece y es verdad que se trataba del aniversario de The Wall, pero un extra no habría estado mal.
y tres, ajeno al concierto, dos tipos varias filas detrás mio no pararon de hablar durante la primera hora.  Hasta que no les llamé la atención, justo nada más empezar la segunda, no se callaron.  No entiendo que vaya la gente a hablar aquí, puedes hablar fuera, esto es un espectáculo irrepetible y exige un respeto.

Y la anécdota del concierto, un tipo bastante mayor, borracho perdido y por suerte algo lejos de nosotros, que no paraba de gritar "guapa".  No sé a quién porque en la banda no había ninguna chica.  Un idiota.

En resumen, muy buen show, posiblemente inolvidable por lo que representa, pero me gustó mucho más el que ofreció Pink Floyd, antes de separarse, en el Calderón hace ya un montón de años y que tuve la suerte de ver también.  Es la ventaja que tiene tener tantos años.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Formerio se va de viaje - VEINTE

    Formi tenía mucho mejor aspecto aquella mañana. Había dormido un montón de horas y había dado buena cuenta de un estupendo desayuno, según me contó. Me alegré de verle sonreír cuando me vio entrar en la habitación.

- ¿Has encontrado a tu amiga? – Me preguntó nada más verme.
- Si, he estado con ella esta mañana.
- Se habrá puesto contenta de verte.
- Bastante contenta – No pude evitar una sonrisa picarona.
- Habréis hablado un montón ¿no?.
- No, no mucho.
- ¿No te ha dado alguna pista?
- Si, me las ha dejado escritas en una carta. Luego te lo cuento, vamos a bajar a comer que tengo mucha hambre – No tenía ninguna gana de seguir con aquel interrogatorio y el ejercicio matutino me había abierto el apetito.
- ¿Y por qué te ha escrito una carta si estaba contigo?.
- Luego te lo explico.
- ¿Y qué habéis hecho entonces si no habéis hablado? ¿Habéis tomado una copa? ¿Habéis paseado? ¿La vas a volver a ver? ¿Me la vas a presentar?, ¿te ha enseñado su casa?.
- ¡No, me ha enseñado las tetas!¡coño!. Vamos a comer y cállate ya un poco.

    Se quedó callado al instante y por lo menos conseguí que dejara de preguntarme un rato. No me quedaba más remedio que enseñarle la carta y explicarle, sin detalles, lo que había pasado esa mañana con Umay. Formi era parte de aquella aventura y tenía derecho a saber el por qué de los planes que tenía para ir a Jaisalmer.

    A parte de algún comentario respecto a la comida, Formi cumplió perfectamente la norma de seguridad que habíamos acordado días antes, de no hablar del motivo de nuestro viaje ni de movimientos futuros en ningún sitio excepto en la habitación. Ni si quiera en el coche. Om parecía de fiar y no nos había dado motivos para dudar de él, pero hablaba muy poco y escuchaba mucho. Estaba claro que había un peligro real y teníamos que evitarlo como fuera.

    Antes de volver a la habitación me acerqué a la zona de Internet del hotel para buscar información acerca de CalTech. Los resultados que me dio Google me sorprendieron. ¿Instituto tecnológico de California? ¿JPL, Laboratorio de propulsión de Jets? ¿NASA? ¿Qué tenía aquello que ver con Jaisalmer, una ciudad pequeña fronteriza con el desierto en pleno Rajastán? ¿Y conmigo y con Umay? Mejor dicho ¿Con Mario y con Umay?. No encontraba nada en aquella página referente a hospitales ni a India, sin embargo, Om me había dicho claramente que era una empresa médica y que estaba en Jaisalmer. Una vez más, tras abrir una puerta me encontraba otra cerrada.

    Subimos a la habitación y le expliqué a Formi como estaba la situación. Conseguí sortear el tema del episodio con Umay, centrando la atención de Formi en los misteriosos “problemas” médicos de Umay y Mario, y nuestra próxima visita al desierto del Rajastán. Y, aunque no hacía falta, volví a insistirle en que había gente que no nos quería allí y que debíamos andar con mucho cuidado si no queríamos que nos volvieran a seguir.

- ¿Y tú no conoces a ningún Mario?
- No que yo recuerde.
- A lo mejor tienes un hermano gemelo secreto.
- A lo mejor – Era una posibilidad que no se me había ocurrido.
- Tengo ganas de conocer el desierto, nunca he estado en uno, lo he visto en las películas y una vez un amigo mío se montó en un camello.
- Mañana a las ocho vendrá a buscarnos Om. Le he pedido que nos espere en la calle paralela a la del hotel para que no nos vea nadie salir. Tienes que tener preparada la bolsa de Montreal 76 y, por favor, dúchate que tenemos dos días de viaje en coche.

    Me hubiera encantado salir por los bazares a comprarle otra bolsa a Formi, pero entre el cariño que le tenía él a aquella mugrienta maleta y que yo quería pasar el menor tiempo posible en la calle, decidí dejarlo para mejor ocasión. No quería que nos encontráramos con Charlie otra vez.

    Formi se levantó de la cama y cogió un plátano de la cesta de frutas que nos acababan de traer.

- Parecemos agentes secretos. Solo nos faltan las pistolas.

   

Era para temblar el imaginarse a Formi con una pistola, solo verle empuñando el plátano en la habitación y disparando a su reflejo en el espejo, me haría estar atento a que no cogiera una ni por casualidad. Eso sí, me alegró que, a pesar de los golpes recibidos el día anterior, que aún debían dolerle, Formi parecía encantado con lo que estábamos viviendo.

domingo, 20 de marzo de 2011

Formerio se va de viaje - DIECINUEVE


    Llevaba horas sin decir una palabra, sin preguntas ni respuestas, cuando los rayos de sol que entraban por la ventana de la habitación de Umay, me señalaron justo en los ojos y me obligaron a despertarme. La busqué a mi lado, pero no estaba allí, recorrí la enorme habitación con la mirada, admirando todos los detalles de las mil y una noches, pero no la encontré. Estaba desnudo y exhausto tumbado boca abajo en la cama de aquella princesa y al intentar incorporarme tropecé con un sobre que estaba a mi lado entre las sábanas. Un sobre perfumado que rezaba un escrito con delicada caligrafía “Querido Mario”. Aunque no conocía a ningún Mario, deduje que era para mí, porque Umay repetía ese nombre una y mil veces mientras hacíamos el amor.

“Lamento haberme marchado sin despertarte, amor.

Ha sido maravilloso volver a estar contigo, y me hubiera gustado no separarme nunca más de ti. Necesitaba contarte miles de cosas y seguir besándote toda mi vida. Lo dejaría todo por ti, pero sabes que es peligroso que nos vean juntos y no soportaría que te hicieran daño. No sé qué has venido a hacer aquí, pero esto ya lo hablamos durante nuestra estancia en CalTech y el asunto no ha variado desde entonces. Yo sé que estoy vigilada y he seguido recibiendo advertencias desde que nos separaron

Te habrás dado cuenta de que mi problema ha vuelto. Es más leve y más controlable que antes, pero ha sido verte y volver a sentir el fuego en mi interior, me siento culpable. Al menos tú has vuelto a acordarte de mí y eso es bueno, solo espero que tu otro problema no haya vuelto también.

Te querré siempre, pero no intentes buscarme otra vez, tú sabes que lo mejor para los dos es que no volvamos a vernos.

Tuya siempre, Umay,”

    Perplejo. Así me quedé durante varios minutos mientras releía la carta una y otra vez, intentando encontrarle sentido a alguna frase. Aún con la mente puesta en aquella sesión maravillosa de sexo inesperado, me resultaba bastante difícil concentrarme para saber qué es lo que tenía que hacer a continuación. Estaba claro que ella me conocía o conocía a Mario que debía ser mi hermano gemelo. Ya sabía la razón por la que nos estaban siguiendo y por la que habían pegado a Formi. No querían que viéramos a Umay. Tenía varias pistas que eran, para mí, totalmente desconocidas, pero era un avance. CalTech esa era la próxima pista a seguir. Ya me ocuparía después de volver a encontrarme con aquella princesa de cuento de la que me había enamorado totalmente. No sabía a dónde me llevaría todo aquello, pero ya tenía con qué soñar durante mis próximos cuarenta años. Aquel olor que aún tenía en mi cara y mis manos, se grabó a fuego en mi mente.

    Me vestí y recorrí aquella mansión, ahora desierta, como caminando por un sueño. Bajé aquellas escaleras que había visto bajar a Umay y sentí su presencia una vez más antes de cruzar la puerta de entrada de vuelta hacía el coche.

    Me subí en la parte trasera sin decir más que una palabra: “Hotel”.

    Creo que Om me preguntó varias cosas, pero yo estaba ensimismado recordando aquella experiencia y pensando en la carta a la vez. Me mantuve así durante varios kilómetros hasta que conseguí acertar a preguntarle a Om.

- Om ¿Tú sabes lo que es CalTech?
- Si

    Había olvidado que a Om había que formularle las preguntas correctamente si querías que te contestara lo que querías saber.

- ¿Y qué es?
- Una empresa médica
- ¿Y sabes dónde está?
- Si – Otra vez pregunta errónea.
- ¿Dónde?
- Jaisalmer. Tú sabes.
- ¿Está cerca de Varanasi?
- No cerca, dos días en coche, más o menos.
- ¿Puedes llevarnos allí?
- Si, Om puede, podemos salir mañana si tú quieres.
- Mañana, de acuerdo, ahora vamos al hotel.

    El cruzar la ciudad de Varanasi, con toda aquella pobreza, suciedad y decrepitud, era un choque muy intenso cuando acababas de salir de una experiencia como la mía, así es que decidí no mirar por las ventanillas y volver a releer la carta de Umay. Esta vez me quedé pensando en los “problemas” de los que hablaba Umay que teníamos ella y yo. Podía intuir que su “problema” podría referirse a la adicción al sexo o algo similar, pero no daba ninguna pista de cual podría ser el problema de Mario, ese que ella esperaba que no hubiera vuelto.

    ¿Estarían relacionados esos “problemas” con CalTech? ¿Por qué no podíamos estar juntos? ¿Por qué era tan peligroso? Las preguntas y las ideas se me agolpaban unas con otras. Volví a recordar aquellos sueños de días atrás en que Umay y yo vestíamos ropas de hospital. No estaba seguro de creer en las coincidencias, pero lo que era seguro es que yo no podía tener los recuerdos de Mario.

    Lejos de aclarar las cosas, me estaba encontrando cada vez más perdido.

jueves, 17 de marzo de 2011

CIEN MIL

Al parecer Patricia ha sido la visitante número 100.000 de este humilde Blog.

Quiero daros las gracias a todos los que me habéis leido durante este tiempo y que me habéis hecho conseguir llegar a esta bonita cifra.


Viendo las estadísticas del Blog, puedo comprobar que muchas visitas son de gente que lo encuentra por casualidad, buscando otras cosas y luego no vuelve.  Pero el número de visitantes de casi todo el mundo que repiten y que se quedan a leerlo va creciendo día a día.

Ha sido para mí una sorpresa y ha superado con mucho mis espectativas de cuando comencé a escribirlo hace un par de años.  Pensé, sinceramente, que no lo iba a leer nada más que algún amiguete pirado o algún fan total de Pekín Express como yo, pero todos vosotros habéis conseguido que, por ejemplo, fuera invitado a la rueda de prensa de la pasada edición (y espero que a la próxima), que conociera a Raquel y a Eva Sanz y que conociera también a un montón de gente encantadora.

Un beso y un abrazo para todos vosotros.

Gracias

miércoles, 16 de marzo de 2011

Formerio se va de viaje - DIECIOCHO

      Aquella mañana necesité grandes dosis de agua fría en mi cara para despejarme. La determinación que tenía de ver a Umay y una noche llena de pesadillas, en que un tipo insistía en dispararme con un rayo láser en el ojo, me tenían embotada la cabeza y necesitaba estar especialmente despejado.

    Convencí a Formi de que no saliera aquella mañana de la habitación y dejé encargado en el hotel que le subieran el desayuno y cualquier cosa que pidiera. De todas formas él no estaba muy animado y no quería salir de la cama, así es que me marché más o menos tranquilo, dejándole allí acurrucado.

    Apenas me tomé un café, estaba demasiado nervioso por el rumbo que estaba tomando la situación y, sobre todo, porque no podía entender que era lo que estábamos haciendo tan incómodo para aquella gente que quería a toda costa que nos marcháramos de India. Si supieran la poca información que teníamos y lo perdidos que estábamos, seguramente nos dejarían en paz.

    Le indiqué a Om que me llevara de nuevo a la mansión de Umay. Estaba decidido a no marcharme de allí hasta que pudiera verla. No sabía qué era lo que ella podría contarme, pero estaba claro que yo estaba allí por que la conocía y ella debería saber qué me ligaba a mí con aquel país.

    Extrañamente, el tráfico estaba fluido esa mañana, así es que llegamos en pocos minutos a la vigilada puerta. Me bajé del coche y me acerqué al guardia, que era el mismo del día anterior.

- Quiero ver a Miss Umay, dígale que Raúl Conde está aquí

Realmente estaba temblando cuando le dije esas palabras al guardia. De alguna extraña manera, sentía que estaba a punto de suceder a algo importante. Se me hicieron interminables el par de minutos que tardó el guardia en volver a salir de su garita.

- Miss Umay no puede recibirle, si no tiene cita. No sabe quién es usted.

    No me moví de mi sitio mientras reflexionaba sobre aquello. Estaba seguro de que la conocía. No de la televisión, ni del cine, yo no veía películas y mucho menos películas de Bollywood, pero la conocía y ella debía conocerme a mí.

    Tenía que entrar allí como fuera. Una idea peregrina vino a mi cabeza desesperadamente.

- Dígale que está aquí Mario. – le dije, acordándome del sueño erótico que tuve con ella.

    El guardia volvió a meterse en la cabina. Otro guardia, mientras tanto, sujetaba un gran pastor alemán unos metros más atrás.

    El chasquido del automatismo de la puerta al abrirse hizo saltar los latidos de mi corazón. La gran verja se abrió hacia ambos lados y dejó paso libre a nuestro coche. El pastor alemán hizo ademán de levantarse, pero el guardia le agarró con fuerza y le dio una orden enérgica que le hizo sentarse de nuevo. Om avanzó unos metros y paró de nuevo para que me volviera a sentar en mi asiento y recorrer en coche los metros que nos separaban de la entrada de la mansión. Podía oír mi corazón como si estuviera bombeando en mis propias orejas. Paró el coche al pié de una escalinata flanqueada por varios mayordomos impecablemente vestidos, que me recibieron con un ademán que indicaba claramente que me estaban invitando a entrar.


    Era como ir a visitar a una reina, entré temblando de pies a cabeza en un enorme recibidor, adornado con todo lujo de detalles dorados. Aquello, sin duda, era un palacio y aquella mujer debía ser insultantemente rica.

    En lo alto de una espléndida escalinata interior, una bellísima y resplandeciente Umay, esperaba en pie con pose de estrella de cine, envuelta en un sari rojo plagado de puntos brillantes. Estaba impresionante. Mantuvo unos segundos esa pose hasta que comenzó a bajar las escaleras sin dejar de mirarme.

– ¡Mario! Pensé que no volvería a verte - Yo estaba petrificado viéndola bajar y no me dí cuenta de que me hablaba en perfecto español.

    Al llegar al final de la escalinata, se recogió delicadamente con su mano derecha la parte inferior del sari y aceleró sus pasos hasta que llegó a mí. Me abrazó y me besó de tal forma que hizo que se me nublara la vista. Estaba claro que me conocía ella también.

- ¿Qué haces aquí? Dios mío, pensé que no volvería a verte – Me repitió una vez más y volvió a besarme.

    Intenté decir algo, pero delicadamente me puso un dedo en la boca para que me callara.

- No digas nada. Acompáñame.

    No es que no dijera nada porque ella me lo había pedido, es que realmente estaba sin habla. Me agarró de la mano y me llevó escaleras arriba. Sentía el calor de su mano de seda y oía mi corazón al compás de nuestros pasos solitarios retumbando en los enormes pasillos que íbamos recorriendo.

    Entramos en lo que sin duda era su habitación. Me acercó hasta la cama y me volvió a besar lentamente mientras me desabrochaba la camisa. Comencé seriamente a dudar si no estaría soñando cuando ella se separó un momento de mí y, con un leve movimiento en un pliegue del sari, lo dejó caer recorriendo todas sus curvas y se mostró desnuda ante mí. Se arrodilló para quitarme los pantalones y así, arrodillada, siguió besándome mientras yo sentí como un escalofrío me recorría el cuerpo desde mi sexo hasta la nuca. Me dejé caer en la cama y ella se tumbó encima de mí. Me llevó al orgasmo atrapando mi pene entre el calor de sus pechos. Luego se acercó hasta mi oído y me dijo suavemente:

- Házmelo como tú sabes

 
Se tumbó boca arriba y llevó mi cabeza suavemente hacia abajo. Pude oler todo su cuerpo, olía a jazmín, a piel, a deseo. Los pechos, el delicado ombligo y la delicada pelusa de su sexo. Lo olí por un instante antes de sacar mi lengua y recorrerlo con placer. Arriba y abajo hasta encontrar la perla. Separé sus labios y comencé la rítmica maniobra que le hizo gemir de placer. Un gemido gutural. Con dos dedos la acaricié también por dentro y aumenté poco a poco la presión sin variar el ritmo. Arqueó todo su cuerpo y dio un grito prolongado antes de caer rendida y extasiada. El sonido entrecortado de nuestra respiración nos envolvió mientras sentíamos nuestros cuerpos entrelazados. Nos olvidamos del mundo y nos dejamos llevar hasta el sueño.

domingo, 13 de marzo de 2011

Formerio se va de viaje - DIECISIETE

    Aún sin superar el momento de pánico inicial que me había producido perder a Formi, pensé que sería fácil divisarle a distancia por el color blancucho de su piel en contraste con el color oscuro predominante en aquel ambiente agobiante dónde me encontraba. Incluso los indios me parecían mucho más oscuros que los que había tratado hasta entonces. Serían de alguna etnia distinta, pensé. Con el corazón a toda máquina, giré la cabeza a uno y otro lado sin encontrar a nadie que se distinguiera de ninguna manera entre aquel bullicio. Podía divisar como la calle avanzaba a mi derecha hasta el río. No eran muchos metros, pero estaban llenos de gente. Allí no estaba. A mi izquierda, por dónde habíamos venido, solo podía ver unas decenas de metros ya que la calle se ocultaba tras describir una curva. Tampoco le veía, pero a ambos lados había puertas en las que podía haberse metido. Hacía la derecha fue mi primera opción. Me abrí paso a empujones entre todos aquellos hombres que, en general, eran mucho más bajos que yo, con lo que me daba un campo de visión amplio y me permitía ver por encima de sus cabezas. Me asomé una por una a todas las puertas que daban a la calle, pero no encontré más que ancianos decrépitos que me observaban con miradas vacias, por suerte, no había ninguna calle lateral y alcancé rápidamente el río, pero frené en seco para no meterme de lleno en la cremación que se estaba llevando a cabo justo en la orilla. Dudé unos segundos mientras mirada con angustia a los que asistían a la ceremonia funeraria. Nadie dijo nada, solo me miraban atónitos. Volví sobre mis pasos para recorrer la calle en dirección contraria. La desesperación estaba empezando a hacer mella en mí, no era fácil ir contra la corriente humana que se dirigía hacia el río, el suelo estaba resbaladizo por el fango y la suciedad indefinida que lo inundaba todo, el gentío me parecía más denso a cada minuto y el respirar aquel humo me estaba ahogando por momentos.


    Al llegar a la altura del depósito de madera, recordé que, la calle por la que habíamos venido, cruzaba un poco más abajo. De nuevo recorrí la calle en dirección contraria, por suerte me estaba orientando bien, pero no había ni rastro de mi compañero.

    Llegué con la lengua fuera hasta la placita dónde Om descansaba plácidamente.

- ¡Se ha perdido Formerio!
- ¿Quién?
- ¡Mi amigo! ¡Formi!, ¡tienes que bajar a buscarle! – Le dije señalándole hacia el río.
- No, no, imposible, no puedo entrar ahí. Prohibido. Es impuro para mí.

    No iba a entrar en discusiones religiosas en ese momento, así que le agarré de la manga de la camisa e intenté arrastrarle calle abajo.

- ¡No, no, impuro, prohibido!

    Se lanzó al suelo como un niño pequeño y se negó en redondo a bajar ni un metro más. Quería matarle. La confusión me impedía pensar con claridad y no veía más opciones válidas.

- Volvamos al coche, policía cerca del coche. Ellos si pueden entrar allí, yo no, impuro.

    Evalué en unos segundos las opciones que tenía que eran muy pocas, y decidí hacerle caso a Om. Él era indio y sabría mejor que yo lo que había que hacer. No estaba muy seguro de esto, pero no tenía más recursos, así es que me auto convencí y volvimos a recorrer aquellas angustiosas calles estrechas por las que habíamos llegado hasta allí. Esta vez las vacas no nos iban a frenar, así que confié en alcanzar el coche en pocos minutos.

    Saltamos un par de charcos antes de poder acercarnos al coche, abrimos las puertas y, casi instantáneamente, Om comenzó la marcha.

- ¡Para Om, Stop!

    En cuanto pisó el freno, abrí la puerta y salté calle abajo. A pasos cortos, ensangrentado y blancucho, como un zombie desteñido, un Formi maltrecho avanzaba hacia nosotros por mitad de la calzada.

- ¿Qué te han hecho?¿Quién ha sido?
- Ha sido Charlie, ¡gordo cabrón!, mientras otros me pegaban el no paraba de gritarme que nos fuéramos de aquí y que dejáramos en paz a Umay.

    A pesar de la sangre que le manchaba la cara no me pareció que estuviera mal herido, quizás en su orgullo más que otra cosa. Yo, sin embargo, estaba furioso con Charlie por lo que le había hecho y conmigo mismo por haberle perdido. Me sentía responsable de él, no sabía si le había adoptado o se estaba convirtiendo realmente en mi amigo. Mi único amigo. Le abracé y le acompañé al coche.

- ¿Policía? – Me preguntó Om
- No, vamos a llevar a Formi al hotel, necesita descansar. Mañana tú y yo vamos a salir a buscar respuestas.

viernes, 11 de marzo de 2011

Tremendo terremoto en Japón.

Mensaje de apoyo a los japoneses que han sufrido un tremendo terremoto esta madrugada.

日本多くの励まし私たちはあなたにしている。

ホセマヌエル

 

miércoles, 9 de marzo de 2011

Formerio se va de viaje - DIECISEIS

    Volvimos de nuevo al barrio comercial, al barrio de los puestos ambulantes, de las pancartas de colores, de las vacas, de los santones y de los charcos. Pero esta vez, si queríamos ver algo, teníamos que bajar del coche. Abrí mi puerta y puse primero el pie izquierdo en el mismo centro de una mierda de vaca y, al darme cuenta, dí un salto lateral para meter el pie derecho directamente en un charco de agua fangosa, decidí meter también mi pié izquierdo en el charco para, por lo menos, llevar los dos zapatos del mismo color charco. Esto me permitió distraerme unos segundos antes de ser consciente del peculiar olor de aquel lugar. Si, según Om, aquel día olía bien, no quería imaginarme como sería aquello un día que oliera mal. Era sencillamente indescriptible, era tal la cantidad de información olfativa que recibía mi nariz, que llegó un momento en que se embotó y empecé a respirar por la boca directamente.

    Formi, que se bajó por el lado contrario, no tuvo más suerte que yo, metió los dos pies directamente en un charco que le cubría hasta los tobillos. Sin embargo esto pareció divertirle. Om, más acostumbrado a los accidentes orográficos de aquella ciudad, consiguió llegar a la acera sin mojarse los zapatos. Un grupo de indios entregados a la tarea de no hacer nada en la acera cercana, lo pasó realmente bien viéndonos sacudir nuestro maltrecho calzado contra el tronco de un árbol cercano.

- Vamos a visitar Ghats – Nos anunció Om.
- Es mejor al amanecer, baja mucha la gente a Ganges y se meten en el río.

    A mí me parecía que “mucha” gente es lo que había ahora en la calle, pero al parecer, al amanecer, bajaba casi toda la ciudad a tomar sus baños al río y a rendir tributo al dios del Sol, Surya.

- A dónde vamos ahora Raúl.
- Vamos al río Ganges, ¡pero no te puedes bañar! ¿eh? – Se lo aclaré para evitar males mayores.

    Om nos fue adentrando en la ciudad avanzando por calles cada vez más estrechas. Tan estrechas que en algunas podías tocar las casas de ambos lados si ponías los brazos en cruz. Esto en sí mismo no era un problema, el problema era tener que compartir la calle con las vacas que, por muy flacas que estuvieran, ocupaban un buen trozo de espacio vital. La primera vaca parda la encontramos nada más adentrarnos en uno de aquellos minúsculos callejones. Realmente nos dimos de bruces con su culo y su rabo bamboleante. Ella estaba dando buena cuenta de un montón de basura acumulado en la puerta de una casa. Formi frenó en seco y se negó a adelantarla, no conseguía entender por qué no podíamos esperar detrás hasta que se decidiera a avanzar. Como no parecía entrar en razón y se estaba poniendo cada vez más nervioso, decidí darle un empujón para que avanzara, aunque solo conseguí que se pusiera a gritar otra vez histérico. Esto incomodó a la vaca, de naturaleza bastante tranquila, que dio un paso adelante para intentar alejarse de aquel ser chirriante, lo que provocó un aumento del volumen de la voz por parte de mi compañero de aventuras que se mantenía rígido como un palo en el lateral del astado. Mientras tanto Om, que había rebasado a la vaca hacía ya un rato, se desternillaba de risa sin hacer absolutamente nada para ayudarme a callar a aquel imbécil. Decidí acabar con aquello de inmediato y le propiné otros dos empujones, uno por cada mitad del animal, cuando por fin la adelantó, siguió corriendo callejón abajo hasta encontrar la siguiente vaca, que le provocó el mismo efecto paralizante, por suerte esta vez en silencio. Tuve que repetir esta maniobra otras dos veces hasta que a la cuarta vaca consiguió acostumbrarse y pasaba sin problemas a su lado rozando el culo contra la pared contraria, aunque seguramente aquel episodio dejó secuelas psicológicas en aquellos pobres mamíferos.

Al desembocar en una especie de placita, Om se detuvo y nos indicó que teníamos que seguir nosotros solos el resto del camino hasta el río. Al parecer, por un problema de castas imposible de entender para un occidental, él no podía continuar más allá de aquella calle.

- Está muy cerca, dos calles más y están los Ghats – nos dijo, y se sentó en unas escaleras dejándonos claro que de allí no pensaba pasar.

    Varanasi impone, pero si vas sin guía impone mucho más. Para salir de aquella plaza en dirección a los Ghats, nos adentramos en otra de aquellas calles estrechas, pero esta vez cada uno de los portales de uno y otro lado de la calle, estaban presididos por ancianos de edad indescriptible. Es probable que aquella gente no fuera tan mayor como aparentaba viéndoles con ojos de europeo, pero en India todo es distinto y un anciano realmente gastado y consumido como aquellos podía tener perfectamente sólo sesenta años, aunque aparentaban haber consumido la vida casi por completo. Delgados, marchitos sin rastro de vida en la mirada, estaban allí sentados como esperando que llegara la muerte a buscarles. Efectivamente, Om nos confirmó aquello más tarde. Los indios vienen aquí a morir, lo más cerca posible del río sagrado. Y eso era lo que se respiraba en aquellos callejones.

    Lejos de mejorar, según nos acercábamos a la orilla, aquello iba siendo más y más tétrico, comenzamos a ver que la calle se llenaba de humo, un humo que no olía precisamente a comida, un humo casi gris, espeso y algo dulzón. Un incesante ejército de transportadores de madera nos esperaba en la siguiente calle, hombres con troncos a la espalda que bajaban también hacia el río. Al mirar hacia atrás, vimos que aquella marea humana venía de un poco más arriba, un enorme depósito de troncos de madera apilados de manera caótica. Aquellos hombres se dirigían hacia dónde parecía estar el origen del humo que estábamos respirando.

    Decidimos seguir la corriente humana y comenzamos a bajar hacia el río. Un guía espontáneo se ofreció a enseñarnos todo aquello a cambio de unas monedas. Como la sensación de desamparo nos había invadido desde que Om nos dejó, aceptamos la ayuda y nos dejamos guiar por aquel tipo bajito, moreno y gran sonrisa, como casi todos. Nos adentró aún más en las entrañas de aquel submundo hasta llegar a ver, por primera vez, el agua sagrada del Ganges. Eso si, sagrada pero hipercontaminada. Se notaba que el nivel del agua estaba más alto de lo normal, ya que cubría algunas edificaciones ribereñas e invadía los escalones que en tiempos de sequía llegaban hasta la orilla. Entre montones de madera, nos encontramos con un espectáculo para el que no estábamos preparados. Formi, petrificado, esperaba detrás de mí, casi pegado a mí. Al pie de unas escalinatas interiores diez hombres. medio desnudos y metidos en aquel agua sucia hasta media cintura, se afanaban en cribar montones de cenizas que caían por una rampa aledaña. Debía ser algo valioso para trabajar en aquel ambiente tan insano, pero ellos se afanaban en el trabajo totalmente concentrados. Le pregunté al guía improvisado y su respuesta me dejó de piedra. ¡Estaban buscando dientes de oro! Y me señaló escaleras arriba, justo de dónde nacía aquel humo, invitándome a subir. Como hipnotizado por aquel ambiente sórdido, subí las escaleras muy despacio, como temiendo lo que me iba a encontrar arriba.

    Dos o tres escalones antes del final, mis piernas se paralizaron y no pude continuar subiendo. Un montón de troncos humeantes con un bulto envuelto encima, me rebelaron claramente el origen de aquellas cenizas y de los dientes de oro que buscaba aquella gente. Una pira funeraria era el origen de aquel trabajo inmundo. Pero acompañando al cadáver, medio consumido por las llamas, me encontré impasible una cabra mirando la escena. No pude evitar hacer la asociación de ideas muerte-cabra-lucifer y más aún cuando se acercó a mi el ser que cuidaba de las llamas. Un hombre alto, flaco, renegrido y vestido con una túnica miserable. Busqué instintivamente una guadaña en los alrededores, tenía que haber una apoyada en alguna parte, aquello era la mismísima entrada al infierno. El miedo me subió por la columna vertebral hasta la base del cráneo e hizo que los pelos de la nuca se me erizaran.



    Sin dejar de mirar a la cabra, giré la cabeza para buscar a Formi, pero mirando de reojo no conseguí encontrarlo y giré la cabeza completa. Recorrí con la mirada los escalones que acababa de subir y la plataforma al lado de los buscadores de dientes de oro. ¡Formi no estaba!.

    De un salto bajé los escalones y volví sobre mis pasos para salir al pasillo central de aquel laberinto de muerte.

- ¡Formerio! – Por primera vez recordé su nombre para gritarlo por encima de aquel bullicio.
- ¡Formerio! – Grité otra vez.

    Sonriendo, como siempre, cuatro hombres sentados en frente de mí me miraban divertidos.

- ¿Dónde está mi amigo? ¡Dejad de reíros, cojones!¡Esto no tiene ninguna gracia!

    Ni en inglés ni en español, aquella gente no paraba de sonreír y el guía no estaba por ninguna parte. Y lo peor de todo, Formerio había desaparecido.

domingo, 6 de marzo de 2011

Formerio se va de viajer - QUINCE

    ¡Mario, Mario!. Me desperté sobresaltado. Mi sueño se había tornado en pesadilla y Umay, con la cara desencajada, me repetía una y otra vez ese nombre. ¡Mario, Mario!.

    Tardé un rato en despertarme del todo y al darme la vuelta vi que la cama de Formi estaba vacía. Me pareció escuchar un ruido sordo y constante que parecía salir del cuarto de baño. Agucé un poco el oído y, para mi sorpresa, me dí cuenta de que se estaba duchando. Decidí hacer yo lo mismo en cuanto terminara él.

- ¿Has tenido pesadillas hoy? – Me preguntó mientras se secaba el pelo.
- Si, ¿Por qué lo dices?
- Me has despertado gritando y llorando varias veces. ¿Me lo vas a contar?
- Luego, ahora quiero arreglarme y bajar a desayunar.
- Vale, yo me voy bajando, te espero en el comedor.

    Desayunamos ligerito, que la cosa no estaba para fiestas, antes de enfrentarnos a la ciudad del Ganges, el río sagrado más famoso de India, por lo menos para los occidentales. Como era habitual, un indio vestido de gala nos abrió la puerta de la calle para dejarnos salir a nosotros o para que entrara el denso aire recalentado del exterior, ambos nos cruzamos en el quicio de la puerta y el aire nos acompañó el resto de la jornada.

    Aunque Om no se alojaba nunca con nosotros y probablemente se alojaba en algún tugurio barato, siempre tenía un aspecto impecable tanto de ropa limpia como bien peinado y arreglado. Bajáramos a la hora que bajáramos, Om siempre estaba allí, al lado de su coche, dispuesto a llevarnos a cualquier sitio.

- ¿Tienes algo Om?- Le dije nada más verle.
- Tengo un coche para llevarles a dónde quieran.
- Me refiero a si sabes dónde vive Umay Fadilah.
- Si, en el barrio rico de Varanasi.
- Ya me lo imaginaba. ¿Puedes llevarnos allí?.

Om nos abrió la puerta sonriente y nos invitó a entrar en el coche.

- Mucha suerte en Varanasi para hoy. – Nos comentó Om.
- ¿Hay alguna fiesta?.
- No, anoche llovió mucho y ha limpiar las calles. Todo es limpio y no huele mal. Varanasi huele siempre mal, hoy no. Para nosotros es normal, pero españoles no soportan esto. Tú no soportas tampoco.
- Es un alivio.
- ¿Qué dice Om? – Me preguntó Formi que no entendía practicamente nada de lo que decía el chofer.
- Que hoy huele bien en Varanasi.
- Si, es que me he duchado esta mañana y he gastado dos pastillas de jabón. Me he lavado hasta el pelo.

    Disfruté inspirando profundamente el aire acondicionado del interior del coche que, por primera vez desde que aterrizamos en India, olía bien. Dudaba mucho que lo que estaba viendo por la ventanilla entrara en la misma calificación olfativa. Varanasi parecía abandonado por los dioses. Las calles embarradas, los innumerables baches estaban llenos de agua sucia, cientos de puestos ambulantes, decenas de vacas alimentándose de la basura que dejaban en el suelo los mismos puestos ambulantes o la que se amontonaba en las puertas de las casas, destartaladas todas ellas. Resultaba difícil distinguir las aceras de la calzada. Las pancartas publicitarias escritas en indi, casi ocultaban el cielo colgadas de un lado a otro de las calles. Una multitud variopinta de hombres, vestidos a juego con el color decrépito que inundaba todo, compartía con las vacas las aceras. Y entre esa uniformidad marrón que parecía invadir todo, las mujeres, con sus impecables saris de brillantes colores y los santones con sus ropajes y sus adornos ceremoniales, daban la nota de color y de vida al bullicio de la ciudad. Como decía Mark Twain “Benarés es más antigua que la Historia, más antigua que las tradiciones, más vieja incluso que las leyendas, y parece el doble de antigua que todas juntas”.


    Muy lentamente nos abrimos paso por el barrio
comercial de la ciudad hasta que conseguimos salir a alguna avenida más despejada, con lo que pudimos avanzar algo más rápido que los rickshaw, esa especie de antiguo motocarro o bicicarro que, a modo de taxi, constituye uno de los medios de vida más importantes para los que han emigrado del campo a la ciudad. Nos contó Om que se calcula que hay unos ocho millones de rickshaw en India y que se está intentando modernizarlos para reducir la tremenda contaminación que producen los que van a motor de gasolina.

    El paisaje urbano cambió rápidamente en el momento en que entramos en lo que Om denominaba el barrio rico. Grandes casas, casi palacios, grandes jardines con mucha vegetación y mucha policía y seguridad privada. Estaba claro que estábamos en la zona noble.

    Om aparcó en frente de un precioso jardín que hacía de antesala de una preciosa mansión, visible a lo lejos.

- Esta es la casa.
- ¡Fantástica! – Algo nervioso, me bajé del coche y me dirigí a los guardias que custodiaban la entrada.

    A los cinco minutos estaba de vuelta.

- Me han dicho que no está.
- Hoy no, mañana está.
- ¿Lo sabías?
- Si.
- ¿Por qué no me has dicho nada?
- Tú no preguntar. Sólo preguntar por casa.

    Estaba claro que a Om había que preguntarle todo y muy clarito. No iba a gastar ni un segundo en contarme algo que no le hubiera preguntado. Frustrante.

- ¿Tu amiga no está? – El pobre Formi no se enteraba de nada.
- No, hoy no, mañana.
- ¿Vamos a hacer turismo entonces?
- Creo que no nos queda más remedio.
- En Vinaroz hay playa ¿no?.
- En Vinaroz si, pero aquí no. Om, por favor, llévanos a ver la ciudad.
- Ok.

    Otro día más de incertidumbre, pero también una buena excusa para visitar la antigua Benarés. Ni Formi ni yo estábamos preparados para lo que íbamos a ver.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Formerio se va de viaje - CATORCE

    La llegada a Varanasi fue lamentable. Om nos llevó directamente al hotel y Formi y yo hicimos una entrada estelar, dejando a Om con las maletas y entrando directamente a buscar los servicios más cercanos para aliviar nuestras urgencias intestinales. En mi caso, fue lo que yo llamo un por-arriba-y-por-abajo. No recordaba haberme encontrado nunca tan mal. La única bocanada de aire que me dio tiempo a respirar desde que salí del coche hasta que entré en el hotel, me sirvió para darme cuenta de que el olor ambiente era realmente asqueroso. En esos breves instantes, esos leves átomos de olor, esa imperceptible cantidad de aire inspirada, me trajo presencias de podredumbre, de suciedad humana, de humedad vegetal, de madera podrida, de humo ritual, de excrementos, de muertos y, por supuesto, de vacas. No sería hasta el día siguiente cuando comprobaría el origen de todos estos desagradables aromas, porque aquel día necesitaba, necesitábamos, encerrarnos en la habitación para hacer una cura depurativa.




    Por suerte el hotel era de unas dimensiones normales, no como el de Agra, y no nos resultó difícil orientarnos dentro de él. Era otro de esos hoteles que te evaden de la realidad de la ciudad que te rodea. Dentro, materiales de primera calidad, limpieza, orden, pulcritud y belleza. Fuera, pobreza, decrepitud, caos, suciedad y muerte. Son los oasis dónde los occidentales podemos refugiarnos ante la avalancha de sensaciones que te esperan fuera.

    Le dejé encargado a Om que buscara la residencia de Umay sin darle muchas explicaciones. La verdad es que Om tampoco las pedía, era un tipo bastante servicial y no solía decir nada a no ser que tú le preguntaras. Nosotros, mientras tanto, esperaríamos en el hotel hasta encontrarnos mejor.

- Echo de menos a mi hermano. – Me confesó Formi mientras que descansábamos tumbados en la cama y mirando ventilador del techo.
- No me da mucha conversación, pero es mi hermano y le echo de menos. ¿Tú echas de menos a alguien?.

    Las preguntas de Formi solían dejarme pensativo y aquella, además, me dejó un poco triste.

- Pues no, la verdad es que no tengo a nadie.
- ¿No estás casado, ni tienes novia ni padres?
- No, y te aseguro que a la gente de la oficina tampoco les echo de menos
- Pues que solo tienes que estar ¿no?, ¿no tienes amigos tampoco?
- Amiguetes tengo alguno, amigos creo que no.

    La entrevista de Formi no me estaba ayudando a llevar bien mi diarrea, pero me hizo reflexionar un momento sobre mi solitaria vida. Tenía la sensación de que no siempre había sido así, pero en ese momento Formi era lo más parecido a un amigo que podía tener. Y ni siquiera sabía bien su nombre.

    Para intentar cortar el interrogatorio, me levanté al servicio una vez más y, al entrar en el baño, me vi a mi mismo reflejado en el espejo. Aunque ya había pasado los cuarenta hacía varios años, aún tenía buen tipo. A esta convicción me ayudaba mi visión selectiva, que hacía que, por más que mirara, no viera mi incipiente barriga cervecera. Aún así, tenía unos brazos fuertes. No tenía canas, lo que ya era un triunfo, pero lo que ni engañándome podía gustarme de mí mismo, era mi peinado de media melena como lamida por una vaca. El estilismo nunca había sido lo mío y me había repetido una y mil veces que tenía que ir a alguna peluquería de esas modernas para que me cambiaran el look. Apremiado por la diarrea, terminé de mirarme en el espejo como terminaba siempre, con la frase autocomplaciente de: “Pues no estoy tan mal”. Y se acabó el asunto. Si, como decía Formi, estaba tan solo, ¿quién me iba a querer más que yo mismo?.

    Allí sentado, mientras respiraba el ambiente cargado de olor a humanidad creado por Formi y por mí mismo, recordé que tenía que obligar a Formi a que se duchara obligatoriamente antes de salir de la habitación.

    Algo más tranquilo física y psicológicamente, volví a tumbarme al lado de Formi, que no tardó ni dos segundos en volver a la carga.

- ¿Y esa amiga tuya que hemos venido a ver a Vinaroz, si que es tu amiga?
- Pues mira Formi, si quieres que te diga la verdad…
- ¡Me llamo Formerio!
- …no recuerdo muy bien de qué la conozco, sé que la conozco y sé que hemos sido amigos o algo más, pero debe ser hace tiempo, porque no lo recuerdo bien.
- No tienes tú muy buena memoria ¿eh?. A mí se me olvida darle de comer a mi canario y comprar el pan y alguna cosa, pero no me olvido de mis amigos, yo me acuerdo de mis amigos de cuando era pequeño y no estaba tonto. Una vez se me olvidó el canario tantos días que se murió de hambre, ese día si que lloré. Desde entonces tengo más cuidado, pero también se me olvida a veces, porque estoy un poco mal de lo mío, aunque mi hermano está peor…

    Mientras Formi me regalaba otro de sus discursos fidelcastrianos, me quedé pensando en lo que me había dicho sobre mi memoria. La verdad es que tenía bien la memoria a corto plazo, pero lo que es mi vida pasada, digamos de unos años hacía atrás, se me había quedado en una niebla de la que no podía extraer más que pequeños recuerdos inconexos. Se me ensombreció el pensamiento cuando me dí cuenta de que no podía recordar ni siquiera a mis padres. ¿Qué futuro puede tener un hombre que no tiene pasado?. Aunque no serían más de las siete de la tarde, no quise darle más vueltas a la cabeza y me dejé dormir.

    Volví a soñar con Umay, también en un hospital, pero esta vez no llevaba la bata de enferma, ni ninguna otra ropa. Se subía a mi cama y me besaba. Esa noche sudé de lo lindo.

martes, 1 de marzo de 2011

Otro año que nos quedamos sin el TP de Oro 2010

Por suerte tampoco se lo ha llevado Gran Hermano que fue, para mi, la decepción del año pasado.   Este año ha recaido el galardón en Esta casa es una ruina (Antena 3), no es que lo haya visto mucho, pero lo que he visto me pareció entretenido. Por supuesto, ni punto de comparación con Pekín Express, pero como para gustos están los colores, no está mal repartir un poco los premios entre todos.

En representación de Pekín Express acudió Ainoha de la primera edición, espero que nos cuente que tal fué la gala que presentó Sara Carbonero.


El resto de premios los podéis consultar en la web de Vertele.