martes, 18 de enero de 2011

Formerio se va de viaje - UNO

    Como todas las mañanas, con los primeros acordes del Midnight Blue de la ELO sonando en mi despertador, me levanté de la cama dispuesto a repetir un monótono día de trabajo como cualquier otro. Me saludé a mi mismo en el espejo mientras me afeitaba y volví a fantasear con planes absurdos que nunca llegaba a concretar y mucho menos a dar un paso hacia ellos. Que si irme a vivir a otra ciudad, que si irme de viaje, que si cambiar de trabajo. Llevaba ya tiempo dándole vueltas a la idea de darle un cambio a mi aburrida vida y aquella mañana no iba a ser menos. Elegí un traje distinto al de ayer, pero igual que el de todos los días y me abroché la corbata con el automatismo acostumbrado. Me acordé, mientras tanto, de que tenía una reunión con Luis Cid. Un tipo en blanco y negro de los que quedaban pocos. Lucía pelo y bigote canosos y un traje de color gris indefinido que hacía que hasta su piel tuviera un color ausente. No tenía los ojos achinados, pero quedaría perfecto para presentar un telediario en la televisión de Korea del Norte. Era igual de gris que el fardo de informes que me tendrían ocupado el resto de la mañana.

    Al salir a la calle revisé el buzón, como hacía todos los días, y recogí una carta que sobresalía de él. En un principio no me llamó mucho la atención la carta en sí, pero si el que estuviera allí. Estaba casi seguro de haber recogido el correo el día anterior. Me guardé la carta en el bolsillo del abrigo y me dirigí hacia el metro mirando a ningún sitio.

    Allí sentado en la sala de reuniones, delante del hombre en blanco y negro, mientras él hablaba de los balances, los revenues shares y me enseñaba cuarenta y ocho diapositivas de Power Point con un montón de gráficos y letras minúsculas que no conseguía identificar, me esforzaba sobremanera en hacer cuatro cosas a la vez. Escucharle, entender lo que me decía, no bostezar y recordar qué era lo que me había llamado la atención en un anuncio que había visto en el metro aquella mañana fugazmente. Está claro que lo único que conseguí casi al cien por cien fue no bostezar. Lo de entender lo que me decía Luis Cid lo dejaría para más tarde cuando repasara las notas que había tomado de forma inconsciente. Pero lo que no podía quitarme de la cabeza era el anuncio que había visto en el metro. Como una de esas canciones que, aunque no te gusten nada, no puedes dejar de tararear todo el tiempo. Se trataba, pensaba, de un anuncio de un té o algo similar, creía recordar una chica en primer plano sosteniendo una taza de una manera muy peculiar, solo con dos dedos. O quizás estaba bailando, no lo sabía seguro. El caso es que era algo exótico, quizás oriental, indio, tailandés o algo similar. Sin embargo no era nada de esto lo que me había llamado la atención. No conseguía recordar el qué, pero no era eso.

    El olor del café de mi compañero me hizo volver un poco a la tierra y centrarme en lo que estaba haciendo. Me dije a mi mismo que, al día siguiente volvería por la misma línea de metro de siempre y volvería a ver el anuncio. Esta vez me fijaría bien.

    En el trayecto de vuelta a casa no podía fijarme en el anuncio, porque solía hacerlo andando, los días que no llovía mucho, mientras miraba ensimismado los escaparates recién decorados para la Navidad. -¡Cada año los decoran antes!- pensé.

    La tarde empezó a dar paso a la noche y la temperatura empezó a bajar rápidamente. Para guardar el calor de mis manos las metí en los bolsillos de mi abrigo de lana gris y encontré la carta que había dejado allí aquella mañana. La cogí y la saqué lentamente del bolsillo y, entonces si, me llamó la atención por varios motivos. El nombre del destinatario, es decir yo, estaba escrito a mano, lo cual ya es raro en esta época en que nos ha invadido la tecnología. Me acordé en ese momento de lo que me había costado tomar notas en la reunión por la falta de costumbre de escribir con bolígrafo.

    Lo siguiente que me llamó la atención fue la falta de un sello o matasellos, es decir, alguien la había puesto en mi buzón directamente. No la habían enviado por correo.

    Y, por último, no tenía remitente. El sobre estaba algo amarillento y un poco arrugado, aunque esto último era posiblemente culpa de mi abrigo. El caso es que le dí vueltas y más vueltas al sobre sin abrirlo, como si pudiera adivinar lo que tenía dentro leyendo las arrugas que seguramente le había hecho yo mismo.

    Me senté en mi banco favorito del Retiro, frente al lago y el Palacio de cristal, y me dispuse a abrir el sobre con los dedos a medio congelar. Me corté ligeramente un dedo con el borde del sobre. Saqué una hoja de papel doblada e igualmente arrugada. Con la misma letra con la que estaba escrito el destinatario, me encontré simplemente con un número largo y algo que parecía un nombre “Om Prakash Delhi”. El número me decía aún menos que el nombre, así que me quedé releyéndolo un buen rato mientras los pies se me quedaban congelados.

    Como no me esperaba nadie en casa, decidí acercarme hasta una cafetería a tomarme un chocolate con churros, para intentar entrar en calor antes de volver a una casa que carecía de lo que se llama “calor de hogar”.

    ¿Era un acertijo de aquellos del Código da Vinci? ¿Un nombre? ¿Una cosa? ¿Quién me había mandado aquello?. Entre churro y churro revisé la carta mil veces hasta llegar a una conclusión: -“Deja la carta, termínate los churros y vamos para casa a buscar en Google lo-que-sea”-. No era la conclusión que habría sacado Sherlock Holmes, pero era bastante práctica. Me terminé los churros y me fui para casa.

    Allí me esperaba Google y una lista de resultados decepcionantes. Estaba claro que la carta apuntaba a India. Había varios lugares cercanos a Delhi, llamados Om Prakash. También había un político o charlatán llamado igual que había dado discursos en Delhi e incluso había videos en Youtube referidos a él. Eso sí, nada que ver conmigo. Nunca había estado en India, de hecho nunca había estado en ningún sitio más allá de Toledo. Incluso no podía recordar haber estado en ningún sitio distinto de pequeño. No tenía muchos recuerdos de mi infancia y los que tenía no me llevaban a ningún sitio reconocible.

    El número me dio aún peores resultados, pero parecía que aquello era un número de teléfono de vaya-usted-a-saber-dónde. Google me llevó a varios servicios técnicos de diferentes partes del mundo, algunos de ellos también por la zona de India.

    Anoté algunos resultados y me fui a la cama a intentar no pensar más en el tema de la carta y me puse a ver una reposición de Expediente X, hasta que conseguí quedarme dormido como un niño. Un niño con lombrices, eso sí, porque no paré de dar vueltas en toda la noche.

4 comentarios:

  1. Quiero más !!!!!!!!!

    Tiene muy buen pinta, JOSEMAN...pásame el borrador o algo que me gusta y no tengo paciencia, jajaja

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  2. Está en el horno, jajaja, no seas impaciente.

    ¿Terminaste la otra?

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  3. Sí, claro que terminé la otra y me gustó mucho!!
    Ya haremos un debate literario tu y yo sobre la obra, jajaja

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  4. Hola Joseman, llevo días que no me he podido pasar por aquí. Empiezo leyendo tu primera parte y la verdad que pinta bastante interesante, ahora me leere el resto a ver como sigue!! La verdad que para escritor vales mucho! Un saludo ;)

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