lunes, 31 de enero de 2011

La esencia de Pekín Express

¿Creiais que ya no habría más novedades en torno a Pekín Express hasta septiembre?

Pues no.  Aquí os traigo unos videos de unos cuantos ex-concursantes nos comentan qué es, para ellos, la "Esencia de Pekín Express".  Espero en los próximos días traeros alguno más, para celebrar esas 100.000 visitas que están a punto de caer en el Blog.

Por supuesto, en exclusiva para este Blog.

Mil gracias a los protagonistas de los videos.

Eso si, poned el volumen alto, que en algunos no se oye bien.  Espero que os guste.

Me encanta el de Marta y Manuel con el almendro en flor de fondo.

Muy acertado Javier y las Gemelas un encanto, como siempre..




domingo, 30 de enero de 2011

Formerio se va de viaje - CINCO

    El aterrizaje fue, para Fornido y para mí, todo un acontecimiento. La verdad es que yo no había volado nunca, y por la reacción de Fronido, me dí cuenta de que él tampoco. Cuando comenzó el descenso tuve una sensación extraña en el estómago, pero se disipó completamente cuando Fornido me clavó las uñas de su mano derecha en mi brazo izquierdo. Por la longitud de la uña de su dedo gordo, que se me clavó un par de centímetros, supuse que además, aquel tipo, tocaba la guitarra.

    Antes de desmayarme de dolor y de que las azafatas me echaran una botella de agua en la cara para reanimarme, pude sentir como el aparato daba unos cuantos saltos antes de tocar tierra definitivamente. Cuando por fin volví en mí, me dí cuenta de que el resto del pasaje estaba aplaudiendo, aunque no me quedó claro si fue por mi rápida y exitosa reanimación o porque, en contra de todos nuestros augurios, habíamos tomado tierra sin estrellarnos.

    Nos agolpamos en el pasillo central todos los pasajeros a la vez, para coger nuestros equipajes de mano, y espalda contra espalda con el tipo que seguía recibiendo la bronca de su mujer por haberle mirado el culo a la azafata, hacía ya 4 horas, conseguí bajar mi maletita y la bolsa de deportes de Montreal 76 de Formerio. - ¡Por Dios, qué bolsa!- pensé mientras intentaba recordar si había habido alguna pandemia universal en el año 76, porque sin duda, aquella bolsa, tendría impregnada alguna muestra en su superficie.

    - Creo que aquí podrás comprarte alguna bolsa nueva y muy barata –
    Le comenté a mi recién estrenado compañero de viaje.
    - Es que era de mi padre y me hace ilusión tenerla. La llevaba cuando íbamos de viaje a Benicasim en el Renault 4 que le había regalado….

    Me tranquilizó recordar que el padre había muerto en accidente de tráfico, y que las sustancias pegadas a la bolsa no habían tenido nada que ver.

    Un olor intenso, mezcla de cientos de especias y de polvo, inundó la cabina del avión nada más abrir las puertas. El calor extraño y pegajoso y la humedad exterior se sentían desde la fila 10. Estábamos en India.


    Un sol abrasador nos estaba esperando nada más cruzar el umbral de la puerta del avión. Instintivamente cerré casi completamente los ojos y me puse la mano en la frente a modo de visera, para poder ver, por primera vez, aquel país. Cierto es que solo vi las pistas del aeropuerto, algún que otro avión y la terminal que nos estaba esperando, pero aún así me hizo ilusión. Bastante más ilusión que caerme desde mitad de la escalera hasta la espalda de Fortunio, que ya estaba a pie de pista con su mugrienta bolsa, y que, por suerte, evitó que besara el suelo emulando a un Juan Pablo II beodo.

    Probablemente todo el pasaje pensó que había pasado el viaje bebiendo lingotazos de botellitas de whisky, pero a mí lo único que me importó en ese momento es no haber perdido la carta que tenía en el bolsillo desde Madrid. Así es que saqué la carta y la miré durante unos instantes, como asegurándome de que estaba intacta.

    - ¿Es una carta de tu madre?
    - No, son los datos de la persona que he venido a buscar.
    - ¿Un amigo tuyo?

    Dejé a Fortunio sin respuesta mientras pensaba a ver qué coño hacía yo allí con esa carta en la mano, pero en seguida me dí cuenta de que había empezado mi viaje, mi aventura y que pasara lo que pasara, me lo iba a pasar bien.

    También me dio tiempo a fijarme en el aspecto lamentable que tenía mi compañero de viaje. En algún momento del vuelo se había cambiado de pantalones y ahora lucía unos cortos, con muchos bolsillos y del mismo color de sus piernas, blanco desvaído.


    El autobús nos llevó hasta la terminal para recoger nuestras maletas y allí vi por primera vez un turbante. Lo lucía un tipo con barba poblada aunque bien arreglada, impecablemente vestido con un traje a la europea, y parecía que estaba bastante apretado, y laboriosamente anudado. Luego nos enteramos de que era un Sij, digamos que la casta de comerciantes de India. Farmacio le miraba fascinado y tuve que darle un codazo para que fuera un poco más disimulado, porque aquel tipo no tenía mucha pinta de ser simpático.

    A pesar de la pinta que teníamos los dos, yo tenía la ropa sucia y rota por la caída y Formatio era así, conseguimos pasar la aduana sin problemas e incluso salir a la calle a enfrentarnos a la nube de taxistas que nos estaban esperando. Aunque nada más llegar no teníamos ni idea, se veía claramente que los taxistas eran de casta diferente a los Sij, con ropa y turbantes descuidados, algunos daban la impresión de que iban en pijama. Me dí cuenta rápidamente de que los taxistas me hablaban en inglés, aunque yo no conseguía entenderles prácticamente nada. Eso sí, la intención de ellos era clara, ofrecernos un taxi. La nuestra también, coger un taxi. Así que nos acercamos al que estaba, digamos, menos sucio y nos montamos en un Mercedes con más años que la bola del reloj de la Puerta del Sol y allí, solos ante el peligro, comenzamos nuestro acercamiento a las tribus locales.

    Dado que el nivel de inglés, o la pronunciación de los locales era igual de mala que la mía, aunque de diferente planeta, prefiero transcribir aquí las traducciones más o menos exactas de los diálogos, ya que sino no sería capaz yo mismo de entenderlos.

    - ¿Hotel?.
    - Uno cualquiera.
    - ¿Oberoi? – Me sonó a hotel carísimo y preferí buscar otra opción.
    - Otro.
    - ¿Hans Plaza? – Probablemente sería el hotel de un primo suyo llamado Hans, pero había leído que, en general, los hoteles en India son bastante buenos, así que acepté. Formacio asintió con la cabeza, como si conociera el hotel de toda la vida.
    - Mucho calor en India. ¿Primera vez en Delhi?

    El tráfico en Delhi, y en el resto de India, es en si mismo un espectáculo para un occidental. Realmente no sé si había o no semáforos, pero si los había debían estar siempre en verde en todas las calles. Aquello no tenía orden ninguno. Miles de motos, coches, motocarros (rickshaw, como llaman ellos), carritos tirados por hombres en bicicleta, bicicletas, autobuses y todo tipo de transportes inverosímiles, eso sí, siempre cargados hasta los topes. En una moto podía viajar una familia entera con aparente normalidad, por supuesto, sin casco. Entre todos estos vehículos era difícil encontrar alguno que tuviera menos de treinta años.

    En un trayecto que se nos antojó larguísimo, el taxista nos llevó por avenidas enormes, en las que podíamos ver, a lo lejos, grandes palacios y monumentos, cientos de puestos callejeros y miles de personas andando, vendiendo o simplemente sentadas en cualquier lugar.

    Al poner mi pie en el asfalto, sentí el tremendo calor que traspasaba la suela de mi zapato. Estaba claro que me iba a costar aclimatarme a este país tan extremo, aunque me iba a ayudar mucho la amabilidad de sus gentes. A solo unos pasos de nosotros, un portero vestido con las mejores galas de un maharajá, nos esperaba sonriente mientras abría la puerta del Hans Plaza, como si estuviera esperando al mismísimo primer ministro.

miércoles, 26 de enero de 2011

Se confirma el giro de Pekín Expresss hacia filosofía T5

Gracias al aviso de un lector, me he llevado un chasco hoy que, no por esperado, ha dejado de ser desagradable.  según anuncia hoy Vertele, Jesús Vázquez a Pekín Express, VIP a Pekín Express y seguro que hay algún directivo pensando en meter platós con debates de por medio.

Ya he dicho muchas veces en este medio mi opinión al respecto, pero la reafirmo por si no ha quedado clara.  No estoy en contra de Jesús Vázquez, me parece un muy buen presentador y con muy buena pinta, pero soy totalmente excéptico en cuanto a que pueda sustituir a Raquel Sánchez Silva con garantías.  Raquel ES Pekín Express.  Lo ha demostrado de sobra.  Ella amaba el formato y eso se transmitía a la audiencia.  Como no nos queda más remedio, habrá que darle el beneficio de la duda, pero ya os digo que soy escéptico.  Se lo va a tener que currar mucho para que le regale una novela dedicada.  Aún así, le deseo suerte.


Pekín Express VIP, no sé cómo habrá funcionado en Francia, pero viendo la costumbre que tienen aquí de llamar famoso a cualquiera, mucho me temo un Pekín Express con Yolas o Karmeles y eso si que me daría una pena enorme.

El tema de los debates y platós que tanto le gusta a mucha gente, a mí tampoco me gusta, porque lo único que trata es de sacar trapos súcios y, qué quereis que os diga, eso para T5.

Espero no asistir a la muerte agónica del programa.

Formerio se va de viaje - CUATRO

    Debo reconocer que no fue tan malo el viaje como presagiaba. Me refiero a la compañía de Fornido, no a lo que es el viaje en sí, físicamente hablando. No puedo entender como la gente soporta tantas horas sentada en un sitio tan estrecho, sin poder estirar las piernas nada más que para ir a hacer pis. Pero claro, entre las comidas en cajitas que nos daban, los tes y las películas que nos pusieron que, por supuesto, yo no había visto porque no voy al cine ni tengo televisión, no me levanté más de dos veces al wc, lo cual me pasó factura más tarde en forma de calambres en las piernas.

    Fornido me contó su vida en fascículos y debo reconocer que, por surrealista, me fue interesando cada vez más. Me contó todo tipo de detalles tanto privados como laborales, amorosos o médicos, lo malo es que me los contaba algo inconexos y no estoy seguro de haberlos ordenado bien.

    - Antes del accidente, trabajaba como reponedor de frutas en el almacén del Carrefour, había una chica guapa que me gustaba. Se llamaba Rocío, pero cuando me quedé así ya no me quería. Me decía que no quería salir con un tarado, que le gustaba más Fernando, que era tonto también, pero tenía una buena minga. Así que me quedé sin estrenarme y como me dí en la cabeza, porque no tenía el cinturón puesto, y se me torció un ojo y dejé de pensar bien. El ojo me lo arreglaron, pero lo de pensar no se me arregla. Así que Don Mario, que es un doctor muy majo, me dio la baja para trabajar y una pensión, para que cuidara a mi hermano también, que se quedó peor……

    Entre doctores, accidentes, bajas y chicas se me fueron pasando las horas.

    Farmacio solo se callaba cuando empezaba una película o cuando traían la comida en cajitas. En las películas prestaba muchísima atención, no sé si porque no podía entenderlas bien, o porque le interesaban mucho. No creo que fuera esto último porque vimos “Los albóndigas en remojo” y “Un vampiro en Brooklyn” o algo parecido. El caso es que cuando terminaba de comer o ver la tele, volvía a la carga como si se hubiera callado hacía cinco segundos para tomar aire.

    - … él está más tonto que yo, no entiende bien lo que le digo y yo si le entiendo bien, porque es mi hermano, pero si viene una enfermera y le habla, ella no le entiende. Un día le dejé sólo para irme a ver las “casas colganderas de Cuenca”, que están muy altas ¿sabes? Y quiso encender una vela, porque estaba oscuro y no sabía encender la lámpara, y se le calló y quemó un sillón entero. Menos mal que nuestra vecina Balbina tiene las llaves y entró llamándome: “!Formerio, Formerio¡”… –

    - ¡Ah, coño, que se llama Formerio! – Pensé que sería incapaz de retener ese nombre si me levantaba a hacer pis otra vez, así que me aguanté una hora más. – Formerio, Formerio, Fornicio, Formacio, …- Intenté repetirlo mentalmente como la cancioncilla de la tabla de multiplicar, pero no había manera, él no paraba de hablar y yo de pensar en su nombre. Una vez más, llegó la azafata con el carrito.

    - Tea or Coffe?
    - Fornicio – Le solté. El tipo que estaba en la butaca de detrás de la azafata, asentía con la cabeza mientras le miraba el culo, y mientras su mujer, que estaba justo al lado, le fulminaba la nuca con la mirada.

    - Sorry? – Me volvió a preguntar con la cafetera en la mano y sonrisa de maniquí.
    - Coffe, please. Fornuncio, ¿tú quieres café o te?
    - No gracias. Yo no sé casi inglés. Una vez me equivoqué y le dí a un botón de la tele y estuvimos dos semanas viendo las películas en inglés, así aprendí que “Lles” es que sí y “Cenquiu” es que gracias.


    Este tío si que tenía pelotas. Se iba a la India sin hotel, sin billete de vuleta y sin saber inglés. Lo mismo se creía que India estaba en Cuenca también, al lado de las “casas colganderas”.

    - ¿Y tú, a qué vas a la India? –

    Fue la primera vez que me preguntó algo en las últimas nueve horas. Me metí la mano en el bolsillo disimuladamente para tocar, una vez más, aquel sobre y reflexioné un momento si debería contarle o no el verdadero motivo de mi viaje.

    - Pues tengo que encontrar a alguien allí, pero no le conozco.-
    - Si quieres yo te ayudo, no tengo nada que hacer, solo pasear y ver cosas. Así te acompaño y vemos las cosas. Yo antes fumaba pero ahora no.

    A menudo, los vaivenes en la conversación de Formulio me dejaban unos segundos en silencio, mientras ordenaba mentalmente la información que me iba dando y quitaba la información inservible de cada parrafada. En ese momento de confusión y por responder automáticamente a Formulio, dije unas palabras que cambiarían completamente el devenir de mi viaje por India:

    - Si, vale, vale.

    En ese momento, la cara de Formacio se iluminó, y esbozó una sonrisa que me hizo darme cuenta de que la acababa de cagar.

domingo, 23 de enero de 2011

Formerio se va de viaje - TRES

    La mañana en que me levanté para ir al aeropuerto, fue una de las más emocionantes de mi vida que pudiera recordar. Había dejado las maletas hechas la noche anterior a falta solo de guardar mis cosas de aseo, con lo que no podía tardar mucho en estar preparado. Aún así y contando con que el vuelo salía a las 9:30, que había que estar dos horas antes para facturar las maletas y que, como era inexperto en estas tareas, quería llegar con tiempo por si me perdía, decidí salir de mi casa a las cinco de la mañana para no pillar atasco. A las cinco y media ya estaba allí, en la T4.


    Después de superar los momentos de pánico iniciales producidos por la enormidad de aquellas instalaciones, decidí ocupar las dos horas siguientes en descifrar los carteles indicativos, plagados de simbología internacional, y encontrar el mostrador de mi aerolínea. Realmente no los encontré yo solo, sino que me acerqué a varias personas para que me ayudaran. Primero me acerqué a uno que parecía muy interesado en la información de los paneles y que parecía no hacerme ni puto caso por más que le preguntara. Al poco me dí cuenta de que no era un problema de indiferencia, sino de que era completamente sordo, con lo que me tocó cambiar de objetivo.

    Mi segundo intento fue mejor. O eso creía yo al principio. Aunque a cierta distancia aquel tipo parecía bastante espabilado, nada más comenzar la conversación pensé que no siempre el aspecto físico se adecua al nivel intelectual, aunque según iba fijándome en el aspecto de aquel tipo, pensé que lo que tenía que hacer era graduarme la vista. Mediana estatura, poco pelo, canoso y rapado al uno, gruesas gafas de pasta modelo años setenta apoyadas sobre una generosa nariz y una expresión permanente en la cara de “no-sé-lo-que-me-está-usted-diciendo”. Quizás unos treinta años físicos, pero en seguida me dí cuenta de que no llegaba a los catorce de edad mental.

    Después de dedicarme varios “Uh?” como respuesta a mis preguntas, pareció darse cuenta de que no me sabía explicar el trayecto laberíntico por el que tenía que ir, así que me indicó con gestos que le siguiera. Yo, que me había cargado de espíritu aventurero, me decidí a seguirle y, efectivamente, me llevó a la cola que llevaba al mostrador de facturación para India. Para mi horror, el tipo se quedó detrás mío en la cola y comenzó a darme charla. Me empecé a imaginar un viaje de 12 horas en un cubículo hermético a decenas de kilómetros de altura y con aquel tipo sentado a mi lado y me empezaron a brotar unos sudores fríos, a pesar de que la temperatura ambiente era más bien baja en el aeropuerto.

- ¿Y tú adónde vas? – Me preguntó aquel elemento.
- A Calatayud, no te jode – pensé – A India, claro, esta es la cola de facturación para India.
- Yo también – me lo estaba temiendo.
- ¿Mucho tiempo? – Le pregunté todo lo amablemente que pude. Menos mal que yo no tenía nada cerrado y podía improvisar, con lo que en ese momento elegí, sin dudarlo, el hotel al que iba a ir. Uno distinto al que fuera aquel tío.
- Aún no lo sé, no tengo billete de vuelta – Dios nos pille confesados.

    La siguiente pregunta la hice casi temblando de miedo o de frío.

- ¿Y a qué hotel vas?
- Aún no lo tengo reservado. Me llamo Formerio – y me extendió su mano huesuda y pálida para presentarse.


    Resulta que el aeropuerto estaba lleno de tías buenas, de gente con viajes organizados que llevaban sus hoteles preparaditos y todo, y me tiene que tocar a mí el Fornicio este como compañero de viaje y queriendo hacerse amiguito mío. Metí la mano en mi bolsillo de la chaqueta para tocar el sobre que me había llevado hasta allí y recordar que yo iba allí para investigar sobre aquella carta misteriosa, no para hacer amigos. Ni se me había planteado la idea de conocer a nadie y mucho menos a alguien que se llamara Forminto o algo similar. ¿Cómo se puede uno llamar así?. Vale que no te llames Kevin Costner de Jesús, pero Formulio es demasiado.

    Le dí la mano yo también. Estaba frío el cabrón. Aún más que yo.

- Raúl – Me presenté.
- Me voy a la India para irme de viaje – Claro – pero he dejado a mi hermano en casa porque está un poco mal. - ¿Peor que tú? – La otra vez que le dejé solo, casi quemó la casa, pero esta vez estoy más tranquilo porque se toma las pastillas y va el supervisor a vigilarle – Los ojos ya se me habían abierto de par en par, y estaba haciendo esfuerzos para no abrir también la boca.
- Yo, el viaje, me lo pago con mi pensión porque no trabajo. Desde el accidente no puedo trabajar y eso que yo me quedé casi bien, pero mis padres se mataron y mi hermano se quedó fatal. – Pues cómo estará el hermano.

Me estaba imaginando como iban a ser la próximas doce o catorce horas de mi vida, mientras Fornido me explicaba cómo había hecho la maleta, y yo seguía tocando el sobre con la punta de mis dedos para no perder el norte. Estaba casi seguro de que Fornido era el nieto tonto de la vieja de la cola de la comisaría.

viernes, 21 de enero de 2011

Formerio se va de viaje - DOS

    Tuvo que esforzarse hasta el segundo estribillo la Electric Light Orchestra con su Midnight Blue para que me levantase a la mañana siguiente. En ese estado de duermevela dónde me había movido toda la noche, es dónde se encuentran más tonterías, pero también es dónde se encuentran las ideas más innovadoras. Había decidido que, aunque no me llevara a ningún sitio más que a tener la mente ocupada durante una temporada, iba a encontrar el sentido a aquella misteriosa carta que, algún desconocido, había llevado hasta mi buzón.

    Al bajar de nuevo la escalera miré de reojo el buzón, por si me encontraba una segunda carta con una explicación de la primera, o algo similar, pero no hubo suerte y seguí mi camino matutino hacia el metro. En el momento que bajé las escaleras y vi la primera valla publicitaria, recordé inmediatamente la tarea que tenía pendiente para hoy. Tenía que fijarme en el anuncio aquel.

    Mientras esperaba el siguiente metro, parado dónde sabía que estaría la puerta del vagón, me entretuve mirando a la gente que estaba en el andén de enfrente y pensando para mi mismo -“Raúl, estás muy aburrido últimamente, tío. La carta, el anuncio, son excusas para no fijarte en lo muermo que eres”-. Oí el convoy llegar y vi sus luces al final del túnel acercándose rápidamente.

    Aquel era uno de esos días en que el metro viene especialmente lleno y a duras penas, conseguí meterme en el vagón. Después de unos cuantos empujones, me encontré, frente a frente, con una preciosidad de mujer que, a pesar de el frío que hacía en la calle, llevaba un escandaloso escote. La altura de la chica, unos treinta centímetros más baja que yo, aquel escote y la distancia que había entre los dos, que era ninguna, me hizo temer que me iba a ser bastante difícil fijarme en cualquier anuncio, por muy interesante que fuera. Para más INRI, el maquinista debía estar afectado de algún tic nervioso que le hacía, a cada poco, frenar bruscamente, con lo que, debido al movimiento ondulatorio involuntario, aquella chica me atormentaba una y otra vez con aquellas peculiaridades morfológicas tan notables.

    Tirso de Molina, Sol. Estaba casi seguro de que el cartel aquel estaba en Gran Vía, así es que era la siguiente estación. Haciendo un esfuerzo tremendo, que sin calentamiento previo podría producirme una lesión ocular, aparté los ojos de aquel escote para dirigirlos a mi derecha que es por dónde podía ver la cuarta parte de una ventanilla y por dónde recordaba haber visto el anuncio que iba buscando.

    Gran Vía. Efectivamente, allí estaba aquel anuncio, o por lo menos una cuarta parte de él. Si, como recordaba era una chica sosteniendo una taza de té. La marca del té no podía verla, pero era lo de menos. Conseguí identificar aquello que me había llamado la atención el día anterior, porque lo que me había llamado la atención hoy lo tenía dando calor a mis costillas flotantes. El fondo del anuncio de la chica del té era el Taj Mahal. Otra vez India. ¿Una extraña coincidencia?. Tenía que serlo, el tipo que me había enviado la carta no podía haber puesto allí también aquel anuncio. Además, había visto mil veces el Taj Mahal y no tenía por qué sorprenderme, sin embargo parecía que, inexplicablemente, tenía el mismo magnetismo que el canalillo de mi recién conocida hermana siamesa.

    Cuando el tren volvió a emprender la marcha, con un par de frenazos bruscos, volví a colocar mi mirada en un sitio cómodo y mullido y seguí pensando, durante el trayecto por el túnel, en la atracción que siempre había sentido por la India y por los pechos femeninos, aún a pesar de no haber visitado nunca ninguno de los dos.

    En la siguiente estación la chica levantó la mirada un poco y me preguntó –¿Te bajas en la próxima? –. Me dí cuenta de que, además, tenía unos ojos muy bonitos. – No, en la siguiente – Le contesté devolviéndole la sonrisa. – Deberías viajar en taxi – No pude evitar el comentario que, por suerte, le hizo gracia a la chica. Me volvió a sonreír y se marchó. Deseé que no hiciera caso a mi comentario sobre los medios de transporte – Quizás la vea otro día – pensé.

    Después de aquella experiencia pseudo religiosa, encontrarme con el bigote de Luis Cid era casi un shock. Esperaba que no se le ocurriera aquel día reunirme, porque varias ideas se amontonaban en mi cabeza y necesitaba ponerles orden. Por supuesto, no hizo caso a mis deseos y me estuvo martirizando otro día más con el problema de un cliente insatisfecho, debido al incumplimiento de alguna cláusula contractual escrita con letra minúscula para evitar clientes insatisfechos.

    Aún así, sin poder concentrarme en nada de lo que estaba haciendo, fui madurando una idea poco a poco. Aquella tarde, cuando saliera de trabajar, navegaría un rato por Internet para hacerme una idea de lo que costaba un viaje a la India. Seguramente era una estupidez, pero para viajar uno solo a un país tan lejano, hay que apoyarse en alguna escusa idiota para que tenga la cosa un cierto sentido. Normalmente la gente suele decir cosas como “me voy a encontrarme a mí mismo”, pero yo sabía perfectamente dónde estaba. Estaba metido en un agujero del culo acompañado de Luis Cid, y quería salir de allí como fuera. La carta misteriosa me servía, pero pensaba irme a algún hotelazo si me llegaba el dinero a tanto.

    El buscador de viajes baratos me devolvió a la realidad de mi asquerosa nómina, así es que me decidí a buscar en foros y blogs de mochileros aventureros para ver como viajar hasta allí con cuatro euros. Claro que me encontré de todo, gente que se iba en bicicleta, que dormía en casas particulares y cosas así, pero eso ya era demasiado para mí. En un arranque de locura y con un par de clicks con el ratón, decidí comprarme un billete de avión Madrid-Delhi y marcharme a la aventura. Aventura. Qué bien sonaba eso. No había salido en mi vida de España y además me iba a ir solo. Estaba acostumbrado a andar solo por la vida, pero marcharme a un sitio tan diferente me daba vértigo. Mi nivel de inglés era suficientemente bueno como para no tener miedo en ese aspecto, aunque no conseguía recordar con claridad dónde lo había estudiado, suponía que en el instituto, pero era bueno.

    Mi avión saldría en tres semanas, así es que me puse manos a la obra para que no se me olvidara llevarme nada. La falta de experiencia en este aspecto viajero me podría jugar una mala pasada y no quería verme privado de mi enjuague bucal o de mis calzoncillos imitación Calvin Klein en un país como India. Así es que me pasé una semana haciendo una lista enorme de cosas que no se me podían olvidar.

    Una de las primeras cosas en que caí en la cuenta, por suerte, es que tenía que tener un visado en un pasaporte que tampoco tenía. Así es que dediqué las largas colas de espera que sufrí en la comisaría y en la embajada India para hacer la susodicha lista.

    En el momento en que me debatía en la duda de qué apuntar en mi lista después de mi gorra de los Yankees, la viejecita que estaba detrás mío en la cola, muy solícita ella, me dio unos golpecitos en el hombro para llamar mi atención.

- No se olvide Vd. una bufanda que el frío es muy traicionero. – Me apuntó.
- Muchas gracias, pero creo que habrá unos cuarenta grados a dónde voy.
- Yo me la llevo siempre.

    Me dio la impresión de que más que dar un consejo, la señora lo que tenía ganas era de hablar con alguien para pasar la tarde, así que saqué mi teléfono móvil simulando que me llamaba alguien para ver si me dejaba en paz.

- A mí en el teléfono siempre me cobran de más. Y eso que no hablo casi nada.

    Por supuesto, me dio la impresión de que esta última frase era totalmente falsa. Y seguí simulando que alguien me estaba contando algo muy interesante al otro lado de mi línea.

- Yo es que he perdido el DNI. Últimamente no sé dónde dejo las cosas. La cuñada de mi hermana, que es ATS en un hospital de niños y que cuida a un niño muy simpático que se llama Miguelito….- Hizo una pausa de unos segundos antes de continuar su parloteo - Uy! No me acuerdo de lo que le estaba contando joven. ¿Qué le estaba diciendo?¿Se acuerda Vd.?.

- Si señora, pero ya había terminado de contármelo - Quizás con la estrategia del despiste podría volver a centrarme en mi lista.

- Gracias, joven. Es que ya estoy muy mayor ¿sabe? 85 años. Y lo que ha cambiado la vida desde entonces. Yo cuando era pequeña vivía en Chamberí y tenía un primo que tenía un gato que se llamaba “michín” y un día fui a la compra, porque entonces se compraba la leche sin envasar ¿sabe?. No como ahora que lo meten en esas cajas de cartón que no hay quién las abra. El otro día me puse a abrir una….-

    Al cabo de treinta segundos ya me había perdido dentro del discurso de la señora, así que cerré el móvil, me lo guardé en el bolsillo y puse cara de lelo mientras movía mi cabeza acompasadamente con gesto afirmativo cada pocos segundos. Me dí cuenta de que había terminado de hacer la lista de momento y que me iba a tocar aguantar a aquella abuela de verborrea desatada e inconexa. Si se me olvidaba algo en el viaje ella sería la principal culpable.

    El funcionario pasó otro número y la lista avanzó un poco más.

martes, 18 de enero de 2011

Formerio se va de viaje - UNO

    Como todas las mañanas, con los primeros acordes del Midnight Blue de la ELO sonando en mi despertador, me levanté de la cama dispuesto a repetir un monótono día de trabajo como cualquier otro. Me saludé a mi mismo en el espejo mientras me afeitaba y volví a fantasear con planes absurdos que nunca llegaba a concretar y mucho menos a dar un paso hacia ellos. Que si irme a vivir a otra ciudad, que si irme de viaje, que si cambiar de trabajo. Llevaba ya tiempo dándole vueltas a la idea de darle un cambio a mi aburrida vida y aquella mañana no iba a ser menos. Elegí un traje distinto al de ayer, pero igual que el de todos los días y me abroché la corbata con el automatismo acostumbrado. Me acordé, mientras tanto, de que tenía una reunión con Luis Cid. Un tipo en blanco y negro de los que quedaban pocos. Lucía pelo y bigote canosos y un traje de color gris indefinido que hacía que hasta su piel tuviera un color ausente. No tenía los ojos achinados, pero quedaría perfecto para presentar un telediario en la televisión de Korea del Norte. Era igual de gris que el fardo de informes que me tendrían ocupado el resto de la mañana.

    Al salir a la calle revisé el buzón, como hacía todos los días, y recogí una carta que sobresalía de él. En un principio no me llamó mucho la atención la carta en sí, pero si el que estuviera allí. Estaba casi seguro de haber recogido el correo el día anterior. Me guardé la carta en el bolsillo del abrigo y me dirigí hacia el metro mirando a ningún sitio.

    Allí sentado en la sala de reuniones, delante del hombre en blanco y negro, mientras él hablaba de los balances, los revenues shares y me enseñaba cuarenta y ocho diapositivas de Power Point con un montón de gráficos y letras minúsculas que no conseguía identificar, me esforzaba sobremanera en hacer cuatro cosas a la vez. Escucharle, entender lo que me decía, no bostezar y recordar qué era lo que me había llamado la atención en un anuncio que había visto en el metro aquella mañana fugazmente. Está claro que lo único que conseguí casi al cien por cien fue no bostezar. Lo de entender lo que me decía Luis Cid lo dejaría para más tarde cuando repasara las notas que había tomado de forma inconsciente. Pero lo que no podía quitarme de la cabeza era el anuncio que había visto en el metro. Como una de esas canciones que, aunque no te gusten nada, no puedes dejar de tararear todo el tiempo. Se trataba, pensaba, de un anuncio de un té o algo similar, creía recordar una chica en primer plano sosteniendo una taza de una manera muy peculiar, solo con dos dedos. O quizás estaba bailando, no lo sabía seguro. El caso es que era algo exótico, quizás oriental, indio, tailandés o algo similar. Sin embargo no era nada de esto lo que me había llamado la atención. No conseguía recordar el qué, pero no era eso.

    El olor del café de mi compañero me hizo volver un poco a la tierra y centrarme en lo que estaba haciendo. Me dije a mi mismo que, al día siguiente volvería por la misma línea de metro de siempre y volvería a ver el anuncio. Esta vez me fijaría bien.

    En el trayecto de vuelta a casa no podía fijarme en el anuncio, porque solía hacerlo andando, los días que no llovía mucho, mientras miraba ensimismado los escaparates recién decorados para la Navidad. -¡Cada año los decoran antes!- pensé.

    La tarde empezó a dar paso a la noche y la temperatura empezó a bajar rápidamente. Para guardar el calor de mis manos las metí en los bolsillos de mi abrigo de lana gris y encontré la carta que había dejado allí aquella mañana. La cogí y la saqué lentamente del bolsillo y, entonces si, me llamó la atención por varios motivos. El nombre del destinatario, es decir yo, estaba escrito a mano, lo cual ya es raro en esta época en que nos ha invadido la tecnología. Me acordé en ese momento de lo que me había costado tomar notas en la reunión por la falta de costumbre de escribir con bolígrafo.

    Lo siguiente que me llamó la atención fue la falta de un sello o matasellos, es decir, alguien la había puesto en mi buzón directamente. No la habían enviado por correo.

    Y, por último, no tenía remitente. El sobre estaba algo amarillento y un poco arrugado, aunque esto último era posiblemente culpa de mi abrigo. El caso es que le dí vueltas y más vueltas al sobre sin abrirlo, como si pudiera adivinar lo que tenía dentro leyendo las arrugas que seguramente le había hecho yo mismo.

    Me senté en mi banco favorito del Retiro, frente al lago y el Palacio de cristal, y me dispuse a abrir el sobre con los dedos a medio congelar. Me corté ligeramente un dedo con el borde del sobre. Saqué una hoja de papel doblada e igualmente arrugada. Con la misma letra con la que estaba escrito el destinatario, me encontré simplemente con un número largo y algo que parecía un nombre “Om Prakash Delhi”. El número me decía aún menos que el nombre, así que me quedé releyéndolo un buen rato mientras los pies se me quedaban congelados.

    Como no me esperaba nadie en casa, decidí acercarme hasta una cafetería a tomarme un chocolate con churros, para intentar entrar en calor antes de volver a una casa que carecía de lo que se llama “calor de hogar”.

    ¿Era un acertijo de aquellos del Código da Vinci? ¿Un nombre? ¿Una cosa? ¿Quién me había mandado aquello?. Entre churro y churro revisé la carta mil veces hasta llegar a una conclusión: -“Deja la carta, termínate los churros y vamos para casa a buscar en Google lo-que-sea”-. No era la conclusión que habría sacado Sherlock Holmes, pero era bastante práctica. Me terminé los churros y me fui para casa.

    Allí me esperaba Google y una lista de resultados decepcionantes. Estaba claro que la carta apuntaba a India. Había varios lugares cercanos a Delhi, llamados Om Prakash. También había un político o charlatán llamado igual que había dado discursos en Delhi e incluso había videos en Youtube referidos a él. Eso sí, nada que ver conmigo. Nunca había estado en India, de hecho nunca había estado en ningún sitio más allá de Toledo. Incluso no podía recordar haber estado en ningún sitio distinto de pequeño. No tenía muchos recuerdos de mi infancia y los que tenía no me llevaban a ningún sitio reconocible.

    El número me dio aún peores resultados, pero parecía que aquello era un número de teléfono de vaya-usted-a-saber-dónde. Google me llevó a varios servicios técnicos de diferentes partes del mundo, algunos de ellos también por la zona de India.

    Anoté algunos resultados y me fui a la cama a intentar no pensar más en el tema de la carta y me puse a ver una reposición de Expediente X, hasta que conseguí quedarme dormido como un niño. Un niño con lombrices, eso sí, porque no paré de dar vueltas en toda la noche.

Cerrado el casting para la 4ª Edición de Pekín Express

Según nos anuncia hoy FormulaTV en su página web, ya es oficial el cierre del casting de Pekín Express 4ª edición, cosa que confirma lo que os dije ya hace unos días, que si no os habían llamado para el día 14, no teníais nada que hacer, nada más que llorar y esperar a la próxima oportunidad.

También anuncia a bombo y platillo lo que yo me imaginaba, que ha habido record de inscritos al casting, esto no me parece más que una campaña de marketing que, visto desde fuera, funcionará, pero para lo que conocemos un poco el programa, lo único que nos aporta es que Pekín Express sigue levantando muchísima expectación.  Aunque ya sabemos que es una cifra inflada un poco artificialmente, ya que se tuvieron abiertas las líneas más de lo necesario, incluso cuando ya se había citado al personal.  Y todo ello simplemente para eso, para tener una cifra enorme de inscritos.  Aún a día de hoy hay gente que me pregunta que qué tiene que hacer para participar.  Si esto sirve para ganar audiencia me parecerá bien, pero no deja de ser un truco barato de marketing.  Y de eso entiendo.

También da FormulaTV otras dos noticias:  Una, insiste en que la ruta será por África y dos, nos confirma que aún no está decidido el presentador.  Lo de África me dá un poco igual, si yo no estoy dentro, lo que quiero es un buen programa y en África se puede hacer igual que en Sudamérica.  Lo del presentador ya sabéis mis preferencias, Raquel es mi candidata perfecta.  Como seguro que Vasille lee este Blog, espero que sirva para algo mi opinión.

Un abrazo pekineros y ¡vamos con la novela!

lunes, 17 de enero de 2011

Coger otro camino para llegar al mismo sitio.

Como ya me ocurrió el año pasado, llega un momento en que deja de haber noticias (o no se pueden contar) en el universo Pekín Express.

Veamos como está la situación:

  • Se está eligiendo a los concursantes de esta edición pero, si son un poco inteligentes, no dirán nada en ningùn foro ni blog.
  • La ruta, por muchas especulaciones que hagamos, será secreta también hasta dentro de unos meses.
  • El presentador/presentadora, aún no está decidido, así que también será una sorpresa, a no ser que haya alguna filtración.
  • Aún no tenemos confirmación ni noticia ninguna de ese Pekín Express VIP que tanto me horroriza.
Total, que yo no voy a seguir mareando la perdíz (como se dice en mi pueblo) con rumores.  Si hay alguna noticia seria, por supuesto, la daré, pero mientras tanto y para mantener entretenida a la audiencia, publicaré un relato/novela, como ya hice el año pasado con La Ruta de la Selva (que tantas satisfacciones me ha dado), por supuesto con tema viajero, que es lo que nos gusta a todos.

Seguramente mañana o pasado publicaré el primer post, e intentaré seguir publicando hasta que volvamos a tener programa que criticar.  Espero que os guste.

viernes, 14 de enero de 2011

Mi apuesta


Como normalmente no me gusta seguir el camino por el que va la gente, no por nada sino porque va muy lleno, ahora que todo el mundo está diciendo que va a ser por África la próxima edición, yo sigo apostando por Sudamérica.  No sé si la Ruta del Inca o La Ruta de la Selva (esta es mía), pero no me creo lo de África.  Por peligrosidad sobre todo.  No sé yo si habrá 10.000 km seguidos en Africa con las mínimas condicinoes de seguridad exigidas en un programa como este.

Para los que aún están esperando esa llamada, os aconsejo que leáis el Blog de Javi (el profe), en que nos cuenta que a Hilario y a él les llamaron 1 mes después de haber hecho el casting.  También nos asegura Librorojo en su Blog que, de fuentes fiables, sabe que la carrera parte a primeros de Marzo.  No termino de creerme tampoco esto, me parece muy tarde.  Podéis seguir nerviosos todo este tiempo pero, como ya os he dicho en otros post, ya no depende de vosotros sino de un montón de factores, subjetivos la mayoría de ellos, que no dependen de vosotros.  Así que os aconsejo que hagáis como hicieron Javier e Hilario, olvidarlo de momento y, si hay suerte, algún dia sonará el teléfono.